16.11.08

La medicalización de la vida cotidiana.


Publico este artículo de la revista digital Consecuencias, que recomiendo.
(www.revconsecuencias.com.ar).



Liliana Cazenave

El descubrimiento de los psicofármacos a partir de la década de los 50 y de la biología molecular en los 80, ha producido una revolución en el tratamiento de las psicosis, de los trastornos del humor, la ansiedad y el sueño. Los efectos benéficos de esta revolución están fuera de discusión. Desde nuestro campo, el del psicoanálisis no nos oponemos al buen uso del medicamento; por el contrario, en determinados casos, particularmente de psicosis, el medicamento permite establecer las condiciones para el abordaje por la palabra.

Pero me interesa reflexionar aquí sobre otro efecto que acompañó esta revolución que consiste en la extensión del consumo de este tipo de medicamentos por la población en general, más allá de lo considerado como patología mental, poniendo en discusión las concepciones de salud y enfermedad.

Sin duda no podemos desprender este fenómeno de uno más amplio que lo engloba y que es la extensión del consumo de los medicamentos y de la medicina en general para situaciones vitales cotidianas no consideradas tradicionalmente como patológicas tales como la menopausia, las disfunciones sexuales, la vejez, etc. Esta extensión se debe fundamentalmente a que se ha pasado de un uso del medicamento con un objetivo de curación de lo que se caracteriza como enfermedad, a un uso del medicamento para lo que se ubica discursivamente como condición de vida, como condición de estar en el mundo.

Tomemos algunas propagandas de laboratorios médicos para dar cuenta de este viraje:
La depresión es una condición común y puede afectar a cualquiera, o El ADD es una condición de todo el día. Por eso ofrecemos un tratamiento de tiempo completo.

Se trata de un doble movimiento: por un lado de una normalización de lo patológico, de sacar la enfermedad de la categoría de lo patológico introduciéndola en el terreno de la normalidad en tanto que parte constitutiva de la vida cotidiana. Por otro lado se observa también el proceso inverso, es decir la patologización de la normalidad que transforma en enfermedad afectos, procesos cotidianos de la vida tales como la angustia, la tristeza, el duelo o el insomnio que devienen trastorno de ansiedad, depresión, síndrome del reposo. Se desemboca así en una invención de enfermedades.

Es lo que ocurre por ejemplo con el Déficit de atención con o sin hiperactividad (A.D.D. o A.D.H.D.) registrado como enfermedad en el D.S.M. en 1980, que se diagnostica a partir de una serie de fenómenos generales como son las dificultades en la concentración y la hiperactividad de las funciones motoras. Si el paciente presenta un número suficiente de ítems de una lista que el médico, maestro, o aún los padres evalúan subjetivamente, se diagnostica la enfermedad, que ya constituye una epidemia de proporciones estremecedoras.

Hallowell y Ratey, autores de "TDA: controlando la hiperactividad: cómo superarel déficit de atención con hiperactividad (ADHD) desde la infancia hasta la edad adulta" escriben:"Una vez que uno comprende la naturaleza del síndrome tiende a verlo por todos lados" [1]

Si la inquietud y desatención en los niños resultan tan frecuentes cabe preguntarse por qué calificarlas como trastorno. ¿No responden a la hiperactividad y sobrestimulación de la época? Los niños desatentos e inquietos aumentan en la medida en que padres y maestros sumergidos ellos mismos en la hiperatividad de la época tienen cada vez menos tiempo para compartir con ellos.

Por otro lado la generalidad de los fenómenos que engloba este síndrome determina que este diagnóstico recaiga sobre una amplia gama de patologías de la infancia. Las fronteras entre lo normal y lo patológico tienden a borrarse e indiscriminarse de modo tal de incluir el máximo de personas bajo el poder de la medicalización.

Sabemos que es la construcción social la que otorga el rótulo de enfermedad a una determinada condición que se califica como desviada de la norma. M. Foucoult plantea que la norma es el elemento que se aplica al cuerpo y la población para disciplinarlos y regularlos políticamente. En la modernidad, normal es alguien funcional a la sociedad. Cuando alguien se enferma ya no puede hacer frente a las tareas corrientes, se ha trastocado su rol, se ha desviado. La medicina funciona como la institución de control social de la desviación.

En la actualidad lo nuevo es que los que se constituyen como actores de este proceso, no son solamente los médicos, sino también la industria de los laboratorios y el marketing. Por otro lado se introducen falsas necesidades para mover los parámetros que determinan lo normal y lo patológico. Es así como surgen las Style life medicines, medicinas para el estilo de vida, que apuntan a un uso del medicamento para la calidad de vida. Este concepto de calidad de vida flota entre una idea de felicidad ligada a la idea de confort y una serie de valores promovidos en los medios de comunicación tales como la juventud, la actividad, la seguridad y el hedonismo.

Por otro lado, el sujeto contemporáneo, inmerso en procesos de creciente fragmentación social está sometido a ideales inéditos de autonomía y presionado a estar en un constante estado de performance. Frente a todas estas exigencias se propone el medicamento para responder a diversas situaciones cotidianas que exigen respuestas adaptativas, frente a las cuales el sujeto puede desarrollar ansiedad, decaimiento, cansancio.

Francis Fukuyama en "El fin del hombre- Consecuencias de la revolución Bíotecnológica"[2] plantea que el fenómeno cultural del Prozac y sus parientes responde a que este medicamento actúa potenciando la más fundamental de las emociones políticas: la autoestima o valoración de uno mismo. A partir de esta oferta la autoestima se convierte en un derecho y el Prozac en un fármaco de importancia política.

El Prozac guarda una inquietante semejanza con el soma de "Un mundo feliz", la novela de Aldous Huxley, donde se presenta como una especie de píldora de la felicidad.

Como Huxley plantea, la disciplina de la sociedad no se obtiene actualmente por la fuerza sino por la seducción. En efecto, la química actual ofrece la ilusión de abolir la tristeza, la locura, el stress, la enfermedad y el conflicto.

Si mañana, como plantea Fukuyama, una compañía farmacéutica inventase una pastilla de soma, cien por ciento huxleyana, que nos hiciera felices y nos ayudara a fomentar vínculos afectivos y sociales, sin ningún tipo de efectos secundarios, no está claro que alguien pudiera aducir motivos para que no se permitiera su consumo. Seguramente contaría con el apoyo de la comunidad psiquiátrica para declarar la infelicidad como enfermedad e incluirla en el D.S.M. junto con el A.D.D.

La Ritalina, nombre comercial del metilfenidato, droga utilizada para medicar el A.D.D., actúa directamente como un instrumento de control social sobre la conducta. Se trata de un estimulante del sistema nervioso central, relacionado con sustancias como la metanfetamina y la cocaína. Genera una sensación de euforia e incrementa los niveles de energía a corto plazo y permite una concentración mayor.

Estos beneficiosos efectos psicológicos explican su uso y abuso por parte de un número creciente de personas sin diágnóstico de A.D.H.D. En los años 90 la Ritalina se convirtió en uno de los medicamentos más consumidos en instituciones y universidades en cuanto los estudiantes se percataron de que los ayudaba en los estudios y a prestar atención en clase.

Estos ejemplos dan cuenta del desplazamiento de la idea de enfermedad a la de malestar, que propone el uso del medicamento no ya con el fin de curación, sino el de bienestar.

Sabemos que la resolución del malestar por la vía farmacológica cierra el camino a la pregunta por la causa y a la apertura de recursos subjetivos para tratarlo.

Las medicinas para el estilo de vida terminan redefiniendo lo que incomoda como anormal, conduciendo a la patologización de la vida cotidiana que se extiende hoy a la patologización de la infancia.

Biopolítica y medicalización

La medicalización, como plantea M. Foucoult [3] es una estrategia del poder político, que utiliza el saber técnico de la medicina para intervenir sobre los cuerpos y la población, con el fin de movilizar fuerzas, extraerlas y hacerlas obedecer a los requerimientos creados por los imperativos de la época.

La medicalización de la vida cotidiana extiende sus efectos disciplinarios y regularizadores sobre sectores cada vez más amplios de población y sobre aspectos cada vez más cotidianos y privados de la vida, que devienen objeto de interés político y público.

Lo que se destaca en esta corriente medicalizadora actual es la reducción de la vida a su basamento biológico. Lo que se recorta como malestar es remitido fundamentalmente a una causa biológica. Y es a partir de la biología que se buscan las medidas reguladoras y correctivas. La vida queda sometida según el decir de E,. Laurent al "dominio de cálculos explícitos".

La vida y la muerte han sido desde siempre fenómenos concernientes al poder político.

G. Agamben en su libro "Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida" [4] plantea que los griegos no disponían de un término único para expresar lo que nosotros queremos decir con la palabra vida. Se servían de dos términos: zoé, que expresaba el simple hecho de vivir común a todos los vivientes, y bíos, que significaba la forma o manera de vida propia de un individuo o grupo.

Lo que define a una vida como humana son los modos de vivir que no son nunca simplemente hechos, sino actos singulares no prescriptos por una biología. Precisamente por ello en tanto ser en potencia, el hombre puede elegir hacer o no hacer. El hombre es el único ser cuya vida está irremediablemente asignada a la felicidad y esto constituye inmediatamente a la forma de vida como vida política.

Pero el poder político se funda sobre la separación de lo que Agamben denomina la nuda vida es decir la vida separada de sus formas como corolario de la muerte En efecto, la vida natural, lo designado como zoé, aparece en el derecho como contrapartida de un poder del soberano. El soberano puede disponer excepcionalmente de esta vida, su poder se funda sobre la muerte: por ej. penalización judicial, guerras, epidemias, etc. Clásicamente el estado se ocupaba de garantizar las formas de vida y la vida natural, salvo las circunstancias excepcionales mencionadas, era políticamente indiferente, pertenecía al ámbito de lo privado.

Un viraje histórico se produce según la tesis de Foucoult con el advenimiento de la biopolítica en la modernidad. Éste consiste en la inscripción de la vida natural en el orden jurídico y político del estado nación. El biopoder funda el estado en la función de hacerse cargo de la vida, de ordenarla, multiplicarla, compensar sus riesgos delimitar sus posibilidades biológicas.

Agamben plantea que la novedad de la biopolítica moderna es que el dato biológico es inmediatamente político. La vida natural, que era el fundamento de la soberanía se convierte ahora en el sujeto-objeto de la política estatal. La separación de la vida natural que el soberano realizaba en ciertas circunstancias excepcionales cuando disponía de esta vida decidiendo la muerte, pasa a ser la regla. La estructura biopolítica fundamental de la modernidad se basa en la decisión sobre el valor o disvalor de la vida como tal. Permite que se pueda decidir suprimir el no valor, lo que funda la eutanasia. La eutanasia ejercida como poder político pone a un hombre en situación de tener que separar en otro hombre la zoé de la bíos y de aislar en él una vida a la que puede darse muerte impunemente. El nazismo es el exponente que en la modernidad da cuenta de los alcances de la politización de la vida natural. Es así como la biopolítica deviene tanatopolítica.

Pero no hace falta ir al extremo del nazismo para encontrar la separación de la nuda vida de sus formas, ya que esto es lo que se realiza en forma cotidiana por medio de representaciones pseudos científicas del cuerpo, de la enfermedad y de la salud. La medicalización de la vida cotidiana utiliza el saber sobre la naturaleza bioquímica del cerebro y de sus procesos mentales para manipularlo con finalidades de control político.

Las píldoras para controlar socialmente a los niños, por ejemplo, se proponen como más eficaces de lo que la socialización de la temprana infancia y el psicoanálisis lo han sido jamás.

La consideración del A.D.D. como trastorno neurobiológico- genético implica llevarlo a la cronicidad y de allí a la discapacidad. Esto tiene importantes consecuencias políticas y legales. Las asociaciones de A.D.D. en estados Unidos por ejemplo, han logrado leyes que lo declaran como una discapacidad. Los niños que lo padecen tienen derecho a servicios especiales de educación, tiempo adicional en los exámenes etc. Pero lo más destacable de esto es que se impone la biología como el principal determinante de la conducta, se exonera a los sujetos de la responsabilidad personal sobre sus actos, y a padres y maestros sobre su responsabilidad sobre las eventuales dificultades del niño.

Según Fukuyama en Estados Unidos ya se está medicando en forma desproporcionada a las comunidades minoritarias, pues existe el prejuicio de que padecen de mayores discapacidades de aprendizaje. El racismo como forma de ejercicio del bíopoder ya se perfila en el horizonte.

Finalizaré con la posición del psicoanálisis con respecto a la vida. Para el psicoanálisis la vida en el cuerpo viviente es condición de goce. El discurso analítico, reverso del discurso del amo, aísla y libera la vida del parlante de la mortificación a que conduce la imposición de modos uniformes de vida, para restituirla a la forma de vida singular que constituye el síntoma. El estilo de vida que propone el psicoanálisis lejos de eximir al sujeto de la responsabilidad sobre su goce, propone sacarlo de su dimensión autista para lograr hacer algo con él en el lazo.

Notas
1- Hallowell Edgard y John J. Ratey: TDA: controlando la hiperactividad: cómo superarel déficit de atención con hiperactividad (ADHD) desde la infancia hasta la edad adulta, Paidós, Barcelona, 2001.
2- Fukuyama, Francis: El fin del hombre- Consecuencias de la revolución Bíotecnológica Ediciones B, Barcelona, 2002.
3- Foucoult, Michel: Clase del 17 de marzo de 1976, Defender la sociedad, Fondo de cultura económica, Buenos Aires, 2008.
4- Agamben, Giorgio: Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, Pre- Textos España, 1998.