Psicoanálisis y Medicina

El autor del blog es psicoanalista en Madrid y especialista en Medicina Familiar y Comunitaria. Tratará sobre aspectos relacionados con la práctica del psicoanálisis y la medicina: fibromialgia, anorexia y bulimia,psicosis,trastornos depresivos y obsesivos,angustia. Está dirigido a médicos y otros profesionales sanitarios, psicoanalistas y a todos los que querais participar.

28.11.09

PRESENTACION DEL LIBRO: "El dolor y los lenguajes del cuerpo"



Santiago Castellanos.

Este ensayo que publica Grama Edicciones es el resultado de una investigación acerca de la posibilidad de una clínica, desde el psicoanálisis, sobre el “dolor” como síntoma del cuerpo y la fibromialgia. Es el resultado de un trabajo clínico que he realizado durante cinco años, atendiendo a numerosas mujeres diagnosticadas de fibromialgia.
Tal y como señala Vicente Palomera en el prólogo: “la fenomenología del dolor remite, como pone de relieve Santiago Castellanos, a estructuras, a tipos y a fenómenos clínicos variados, razón por la cual conviene tener muy presente que se trata de distinguir de las formas clásicas de conversión histérica, los “embrollos del cuerpo” presentes en las psicosis ordinarias, sin olvidar los fenómenos psicosomáticos, y las formas hipocondríacas propias de estados delirantes.”
En el libro se realiza un recorrido acerca de los impasses de la medicina en el tratamiento del dolor crónico y la fibromialgia, la concepción del dolor en Freud y el goce según Lacan a lo largo de su enseñanza, las coordenadas fundamentales de la concepción del cuerpo en psicoanálisis y los elementos para una clínica diferencial sobre los síntomas corporales que responden a diferentes estructuras clínicas. Toda la articulación epistémica está sostenida con la ilustración de numerosos casos y viñetas clínicas.
En el mundo de hoy en que el discurso del psicoanálisis se cuestiona por obsoleto y anticuado, en el que las terapias cognitivo-conductuales (TCC) tratan de imponer su hegemonía, este trabajo de investigación trata de dar testimonio de la razón de la existencia del psicoanálisis, de la posibilidad de un tratamiento en las coordenadas del psicoanálisis de orientación lacaniana.

PRESENTACION DEL LIBRO.

10 de Diciembre de 2009.
Sede de Madrid de ELP. c/ Gran Via, 60. 2º Izda.
20.30 horas.


Intervienen:
Joaquin Caretti: Psicoanalista y médico. Miembro de la ELP y del equipo de la Biblioteca de Madrid.
Rosa López: Psicoanalista, Directora de la sede de Madrid ELP. Docente
del Nucep.
Vicente Palomera: Psicoanalista, Presidente de la Federación Europea
de Escuelas de Psicoanálisis.

24.11.09

A proposito de un caso: "La extraña y misteriosa desaparición de la voz del Sr. K"




Caso clínico publicado por Gustavo Dessal, psicoanalista en Madrid.


K. vino a verme por primera vez hace unos seis años. Es un hombre que en la actualidad tiene cuarenta y dos años, y trabaja en un oficio técnico de una empresa muy grande. Desempeña su labor con mucha seriedad, y mediante un sistema de horas extras y jornadas intensivas puede pasar una semana o diez días al mes en la ciudad de provincia a la que pertenece, en compañía de su familia y de su novia.

La vida de K. era muy difícil. Quienquiera que lo veía, que entablaba contacto o conversación con él, a lo sumo podía apreciar a un hombre taciturno, de carácter tímido y asustadizo. Pero no imaginaba el tormento interior en el que vivía, en el que ha vivido siempre, desde su temprana infancia, puesto que en los aspectos prácticos de la vida es alguien que funciona de un modo normal y ordenado. Vive solo, cuida de su casa y de su persona, hace ejercicio físico, es educado y en apariencia bien adaptado a los semblantes sociales.

Sin embargo, para K. la relación con sus semejantes era algo verdaderamente difícil. El trato humano le producía una angustia que por momentos alcanzaba la intensidad del pánico, aunque conseguía disimularlo con gran esfuerzo. Casi no podía entablar ninguna clase de conversación con sus compañeros de trabajo, ya que el terror lo paralizaba y a veces le impedía pronunciar siquiera una palabra. Esta situación se agudizaba en presencia de sujetos masculinos, y era algo menos grave con las mujeres. No tenía ningún amigo, y fuera del trabajo vivía en la soledad más absoluta. Esta soledad se mitigaba cuando viajaba a su ciudad natal, donde la cercanía con su familia, en especial sus hermanas, le consolaba del sufrimiento que padecía el resto del mes. Cada vez que tenía que regresar a Madrid, experimentaba una desesperación que a menudo le hacía pensar en el suicidio.

Cuando empezamos a hablar, K. estaba convencido de que su problema se debía a que en presencia de la gente su voz desaparecía. No resultó fácil descifrar de qué hablaba. Durante mucho tiempo me mantuve en la posición de no comprender lo que trataba de explicarme. Insistía una y otra vez para que me relatase nuevamente su síntoma, y él me contestaba con la certeza de que su voz desaparecía. No se trataba de una afonía, ni tampoco de una mudez, sino que su voz, su verdadera voz, era sustituida por otra, una voz que no era la suya y esta sensación lo volvía loco, al extremo de querer matarse. Por otra parte, le resultaba imposible recordar el comienzo de este fenómeno. Sus respuestas a mis preguntas en ese sentido eran vagas e imprecisas.

Debo aclarar que el paciente, que ha leído bastante sobre psicología y psiquiatría, me hizo saber que no se trataba de que escuchara voces. La voz intrusa era una voz que sin duda él emitía, aunque al mismo tiempo rechazaba porque no era la “auténtica”. En ocasiones me preguntaba si yo lograba notar la diferencia entre el tono de voz que él llamaba el suyo propio, y el otro, el tono de la voz impropia, una voz que le robaba la identidad. A modo de ejemplo, podía iniciar una sesión del siguiente modo: “¿Se da cuenta usted que hoy no hablo con mi voz?” . Por mi parte, le manifestaba mi incapacidad para percibir esa diferencia, aunque aceptaba que debía de existir, sin duda, a pesar de que yo no pudiera captarla. Durante el primer año de análisis discutimos mucho sobre esta cuestión, hasta que un día me confesó que su sensación se acompañaba de otra, que no se había atrevido a decir. Cada vez que su voz desaparecía, al mismo tiempo tenía la impresión de que su pene se empequeñecía, como si se metiera hacia adentro. Era absolutamente consciente de que esta idea era absurda e imposible de suceder en la realidad, pero no podía evitar la sensación física. Esto me dio la oportunidad de preguntarle si su terror a enfrentarse a sus semejantes se debía a que no estaba seguro de sentirse hombre o mujer, y me explicó que, en efecto, ante los otros él se experimentaba como un ser carente de definición sexual, aunque dejó bien claro que le gustaban las mujeres y que no tenía ninguna inclinación homosexual. Me aclaró que le faltaba por completo el “sentimiento de ser hombre”, lo cual no debía ser confundido con ninguna clase de homosexualidad. No obstante, y con un perfecto rigor, añadió que sus inclinaciones hacia el sexo femenino no le disipaban el sentimiento de ser un niño de sexo indefinido. Me preguntó si yo opinaba que él podría ser un homosexual reprimido, y le respondí que no me lo parecía en absoluto. Se puede percibir aquí con bastante claridad que el problema no es del orden de la identidad sexual, sino de una imposibilidad de “declarar” el sexo, es decir, de anudar el goce al inconsciente.

Según su recuerdo, la vida de K. fue siempre la misma. No existió un antes y un después, un momento de ruptura, un punto en el que pudiera situar el desencadenamiento de sus síntomas. Sin embargo, con el tiempo pudimos descubrir que esto no había sido exactamente así. De acuerdo con el testimonio de su familia, él había sido un niño aparentemente “normal” hasta los tres años, alegre, sociable, y que jugaba con otros niños en la calle. Pero a partir de esa edad algo cambió en él. Se volvió temeroso, introvertido y dejó de hablar. Su padre, que era policía de barrio, pasaba casi todo el tiempo en la calle, pero K. creció sin formar parte del mundo exterior. El paciente ha tenido siempre la impresión de que no existía para su padre, y de que éste no hizo nada por situar a su hijo en la vida. A pesar de ser un hombre afectuoso y tranquilo, el padre le inspiraba un terror sobrenatural. Esta transformación, que debemos considerar como un desenganche del Otro, un efecto de la forclusión, se acompañó de un síntoma que tiene un interés clínico fundamental, porque constituye un elemento de continuidad en el caso. Durante muchos años, hasta la pubertad, padeció una enuresis diurna y nocturna, por la cual debió utilizar pañales, y recuerda con perfecta nitidez la intensa excitación sexual que le producía el contacto de su madre cuando le cambiaba la ropa mojada. Al interrogar estos recuerdos, descubrí que no se trataba exactamente de una enuresis, es decir, una falta de control, sino que incluso durante el día orinaba en cualquier parte de forma “intencionada”. Creo que esta conducta constituía más bien un pasaje al acto, que ponía de manifiesto la emergencia de un desanudamiento pulsional, de un goce separado del inconsciente, al que por todos los medios intentaba evacuar fuera del cuerpo. Podemos establecer, entonces, la siguiente secuencia: forclusión, desenganche del Otro, pérdida de la imagen narcisista, deslocalización del goce, y un intento de defensa.

Después de cierta reconstrucción del pasado, llegamos a la conclusión de que el comienzo de su síntoma urinario coincidió con el nacimiento de la hermana que le sigue, cuando él tenía tres años. No conservaba el más mínimo recuerdo de ese nacimiento, a pesar de que era capaz de recordar otras cosas de esa época. La hipótesis del nacimiento de la hermana como acontecimiento traumático en su vida le ha gustado mucho, y la ha incorporado como un elemento importante para la comprensión de su caso. Pero le ha añadido algo más, que me ha explicado mediante un símil. Un día me dijo que un padre es alguien que a partir de que el hijo cumple una determinada edad debe tomarlo de la mano y llevarlo a un prostíbulo para que se inicie en la vida sexual y en la virilidad. Me aclaró que se trataba de una metáfora, que antiguamente eso se hacía de verdad, pero lo que él intentaba explicarme es que le faltó ese gesto simbólico de su padre, que hubo algo que su padre no hizo, no le transmitió, y que por esa razón “soy así como soy”. Ayudarlo a construir una novela familiar sustitutiva ha sido un aspecto fundamental en la dirección de la cura, ya que el paciente manifestó desde el comienzo del tratamiento un notable interés en la investigación de la causa de su enfermedad y, como veremos, la construcción de un Complejo de Edipo artificial le ha sido de gran valor. Los síntomas uretrales cesaron al inicio de la pubertad, y es probable que fuese entonces cuando surgió el problema de la voz, aunque no he podido verificar esta hipótesis.

Durante la escolaridad primaria, K. atravesó una experiencia de soledad absoluta. Con gran esfuerzo, y ayudado por la compasión de los maestros, logró culminar esos estudios. Al igual que le sucede en la actualidad en los momentos de descanso en el trabajo, cuando debe confraternizar con los compañeros, en el recreo de la escuela permanecía solo en un rincón, sin hablar ni acercarse a nadie. Esa soledad fue el mayor motivo de dolor, un dolor desgarrador, desesperante, que a menudo se traducía en mi consulta bajo la forma de un sollozo compulsivo y ahogado por la vergüenza y el odio hacia la vida. K. creía que su padre era el culpable de lo que a él le sucedía. Pensaba que no le había dado la autorización para ser un hombre o, mejor dicho, para sentirse como tal, puesto que de ser un hombre no tenía dudas. Su padre no le abrió el camino hacia la calle, hacia el mundo exterior. En la actualidad ha cambiado su forma de pensar, y considera que esta falta paterna no fue intencional, sino producto de no saber hacerlo mejor, pero durante años experimentó hacia su progenitor un odio y un rencor sin límites.

Toda esta construcción pseudo-edípica, realizada de manera totalmente espontánea, le permitió a K. organizar un delirio discreto, y le proporcionó una serie de referencias para situar el problema de la causa, que a él le interesa por encima de todo. Para él no es suficiente el alivio de sus síntomas, sino que está decidido a ir al fondo de las cosas. Debo añadir que el paciente jamás ha tomado medicación, y se ha negado en rotundo a recibir esta clase de ayuda.

Durante el análisis, K. conoció a su novia, una mujer por entonces casada y con dos niñas, con la que mantuvo la primera y única relación afectiva y sexual. Una madre con dos hijas, un partenaire apropiado que reproduce su historia familiar. Por supuesto, K. es perfectamente consciente de ello, y no es necesario interpretarlo. Hace aproximadamente dos años, la mujer se ha divorciado y continúa manteniendo un vínculo con mi paciente.

Después de un largo tiempo de darle vueltas al tema de la voz, se produjo un giro importante que modificó el síntoma, y permitió también una purificación de la estructura. El fenómeno de la voz tenía el inconveniente de involucrar un goce muy difícil de reintroducir en su novela familiar. Sabemos, de acuerdo con las observaciones de Lacan, que el oído es un agujero que no puede cerrarse, lo que significa que es muy difícil defenderse contra la invasión del objeto invocante. Le sugerí que dado que él estaba convencido de que los otros percibían la desaparición de su voz, eso lo volvía más vulnerable a la mirada, y por lo tanto al sentimiento de vergüenza. Aceptó de inmediato mis palabras, y me confesó algo que nunca se había atrevido a decirme: estaba completamente seguro de que sus compañeros de trabajo sabían que él había gozado de su enuresis, y que por ese motivo no podía soportar estar junto a ellos. En los otros encontraba la mirada de un padre, la mirada reprobatoria, la mirada que condenaba su existencia. Pero al mismo tiempo, esa mirada le devolvió una cierta consistencia de ser. Ser culpable de un goce prohibido resultaba preferible al hecho de ser invisible, de no existir, o de no tener derecho a ello, lo cual estaba indudablemente ligado a phi cero y a los efectos de esa forclusión en el plano del sentimiento de la vida. Muy lentamente, la temática de su sentimiento de culpa sustituyó al fenómeno de la voz y la retracción del pene. Pero la posibilidad de introducir dicho sentimiento en las significaciones edípicas le permitió resolver la terrible vergüenza que le producía mostrar su cuerpo desnudo (por ejemplo en el vestuario del gimnasio o en la alcoba con su novia), y disminuyó la tensión agresiva subyacente a todo lazo social . Descubrió cómo sacar provecho de su imagen, ya que es un hombre bien parecido, y a utilizarla en su favor, lo cual ha funcionado como pantalla frente al goce del Otro.

El Sr. K. llegó a una conclusión importante, como resultado de su profunda elaboración. Se dio cuenta de que su madre es una mujer que siente un intenso rechazo hacia los signos de la masculinidad. En la memoria del paciente surgieron numerosos recuerdos que -según él- son una demostración inequívoca de este rechazo. Por ejemplo, el hecho -indudablemente vinculado al fenómeno de la voz- de que su padre, hombre locuaz en la calle, se volviese mudo en el interior del hogar. Me interesa subrayar esta interpretación del Deseo de la Madre, a pesar de que en mi opinión no ha logrado evolucionar a una metáfora delirante.

Este caso tiene el interés de mostrarnos que un Edipo imaginario puede operar en ciertos casos como un punto de capitón, y generar un referente de sentido. Es una salida que en mi experiencia he visto más frecuentemente en las formas paranoides de las psicosis. No es ni el analista ni el inconsciente quienes interpretan este Edipo, puesto que no estamos hablando de la estructura simbólica, sino de un modo de emplear retazos imaginarios para producir una interrupción en el flujo continuo de lo simbólico y lo real.

En el inicio, tenemos la extrañeza y la despersonalización causada por el retorno en lo real de la voz, con la peculiaridad de que no se trata del fenómeno clásico de la alucinación verbal. El sujeto no escucha la voz del Otro, sino que se escucha a sí mismo, aunque no se reconoce en esa voz. Está demasiado cercano a la propiedad extranjera de este objeto. Podríamos decir que en realidad “la otra voz” es la Otredad de la voz, separada de la significación. El fenómeno no es demasiado diferente al que sucede cuando escuchamos nuestra voz grabada, pero en este caso hay algo más, está la sensación de que el pene se empequeñece y tiende a desaparecer. El paciente lo expresa con absoluta claridad: dice que, de alguna manera que no puede comprender, existe algo que conecta el pene y la voz. Para nosotros la conexión es la que existe entre la forclusión del significante del padre, es decir, el sujeto desprendido del discurso, y la producción de phi cero. Por el contrario, la significación fálica oculta la extrañeza de la voz, y disimula el hecho de que uno no puede saber nunca de dónde procede. Al mismo tiempo, la significación “reabsorbe” el órgano en lo simbólico y lo imaginario. El Sr. K experimenta un discreto empuje a la mujer, pero no lo articula al modo schreberiano, porque no es un parafrénico. Piensa que la voz es también un signo viril, y que a veces, en su confrontación al Otro, ambos, la voz y el pene, desaparecen. No hay, strictu sensu, un delirio desarrollado alrededor de esto. Mi hipótesis en la dirección de la cura consiste en separar la voz y la mirada, que al principio se confunden. Comienza un nuevo período en el tratamiento, dominado por la función del objeto escópico y ordenado por su elaboración de la novela familiar. Se produce entonces el encuentro con la mujer que se convertirá en su novia. Es ella quien lo descubre y lo seduce, mientras él se deja guiar. Es mediante el objeto escópico, y con la ayuda de Eros, como el Sr. K. puede recobrar una cierta imagen del cuerpo, al principio bajo la forma de la vergüenza, de que reconozcan la huella de su pasado urinario, o que descubran que algo raro le sucede en su pene, cuya excitación no puede controlar. De ser invisible, pasa a ser demasiado visto. Es en un tercer tiempo que encuentra algo nuevo: la vestimenta. Nunca le había dado importancia a la ropa, y empieza a adquirir una estética del vestir. Elige cuidadosamente su vestimenta, y desarrolla poco a poco una estrategia del “hacerse ver”, que lo defiende de ser visto. Ahora el paciente puede mostrarse al Otro, y separarse algo mejor de su sentimiento de exclusión.

Por otra parte, ha iniciado una actividad nueva en su vida: la pintura. En una primera fase, se limitaba a dibujar objetos tales como jarrones y vasijas, lo cual demuestra que Lacan sabía muy bien en lo que estaba pensando cuando decidió aplicar el experimento óptico a su estadío del espejo. Desde hace algún tiempo, copia cuadros de artistas famosos. No se siente capaz de crear algo propio, y se contenta con la imitación. En cualquier caso, lo más importante es sin duda el hecho de que la pintura es un modo de pacificar la mirada. Un rasgo particular de esta cura, y que por otra parte encontramos en algunos sujetos psicóticos, es que el paciente pertenece a lo que denominaría una “subjetividad narrativa”, es decir, algo que lo hace propenso a la historización -con todo lo delirante que ésta pueda ser- como forma de reparar el fallo del nudo mental. Son pacientes que no se sienten satisfechos con una pragmática del funcionamiento, y que reclaman una construcción de sentido, un saber que no se limita a un “saber hacer”, sino que aspira a un “saber por qué”. A pesar de los efectos positivos del tratamiento, el Sr. K exige una “curación total”, reclamo en el que puede oírse la silenciosa voz de la pulsión de muerte. Por supuesto, la soledad sigue siendo su auténtica compañera.
GUSTAVO DESSAL

7.11.09

RAZONES EN LA HISTORIA- por Bernard-Henri Lévy




El Bloc-Notes de Bernard-Henri Lévy



París, 15 de octubre 2009




FRANCE TELECOM, MANUAL DE INSTRUCCIONES


Por supuesto que un suicidio es un misterio. Por supuesto que nada es más azaroso, peligroso, incluso odioso, que querer interpretar, a posteriori, actos a menudo sin palabras y que eligen, en esos casos, ocultarse tras su propio secreto.

Y por supuesto que, en ese misterio, el sufrimiento más subjetivo, personal, íntimo, indecible, inconfensable, tiene siempre, y forzosamente, su parte.

Lo que no obsta.

Esos ya famosos suicidios de empresa que enlutan France Telecom (pero también los de aquél banco, los del Renault o Peugeot, o los de la Educación Nacional…) son un fenómeno nuevo, aflorado hace diez años, y que tiene, por definición, unas razones y una lógica nuevas.

Lo poco que sabemos, lo poco que nos dicen los primeros resultados de las encuestas hechas sobre el terreno por los médicos, los investigadores o los sociólogos del trabajo que se han ocupado de esos dramas, indica que los 24 desesperados de France Telecom no eran ni particularmente vulnerables, ni oficialmente deprimidos, ni notoriamente desgraciados en su familia, en sus hogares, o en el amor.

Pero es que, además, podemos tomar el problema por el cabo que queramos, suicidarse así, elegir ir a morir, no en un puente, no en una estación de tren o tras la puerta cerrada de su dormitorio, sino en su oficina, matarse pues, literalmente, en el trabajo, ondear el propio cadáver delante de su empresario y hacerle así un último y envenenado regalo, inmolarse sobre el altar de una entidad colectiva a la que se le ha consagrado una gran parte de la existencia y que se ha convertido, para él, en un monstruo nuevo y frío que, como los dioses de Anatole France, están sedientos de la sangre de sus adeptos— hace que el mensaje sea bastante nuevo y que, en algunos casos, cuando el suicida deja una carta, sea lo bastante explícito y claro como para que nos tomemos la molestia y terminemos de una vez de hacer la política del avestruz.

Son tres cuestiones lo que, en verdad, revela esta epidemia de suicidios:

1. Una forma de presión – los asalariados lo llaman acoso moral o gestión por el estrés y el miedo – que no existía sin duda en el mismo grado en el mundo hasta ahora.

2. La importación al universo de la empresa de una cultura de la evaluación acerca de la que hemos sido algunos, con Jean-Claude Milner y Jacques-Alain Miller (¿Desea ser evaluado?, Miguel Gómez ediciones, Málaga, 2007), Agnès Aflalo (L´assassinat manqué de la psychanalyse, Ed. Cécile Defaut, 2009) o bien Charles-Yves Zarka (Cités, número 37), los que hemos advertido, desde hace años, que se trataba, literalmente, de una cultura de la muerte y para la muerte.

3. La caída, en fin, de los sistemas de solidaridad que, en otros tiempos, hacían de almohadilla y que esta ideología de la evaluación, es decir la de las competencias individuales, es decir, la del "cada uno a lo suyo" y la del "camina o revienta", ha desvastado metódicamente: ¿cuántos obreros desmoralizados, debilitados, desfallecidos eran protegidos antiguamente por los compañeros?, ¿a cuántos holgazanes les han dicho los compañeros "está bien, has bebido mucho, no vayas esta mañana, haremos lo tuyo"?, ¿cuántos empleados, hasta hace unos años, han estado a punto de abandonar pero se han mantenido a toda costa en el circuito gracias a una cadena de amistad y de ayuda mutua?, todo eso ha volado en pedazos por el doble golpe de la agonía de los sindicatos y del poderoso ascenso de la cultura del egoísmo; nada de eso funciona ya en la nueva cordada social basada en la movilidad furiosa y la parcelación de los puestos de trabajo; se está tan solo así, tan desesperada y definitivamente solo, como lo estaban antiguamente los campesinos cuando eran ellos lo que tenían el triste record del número de suicidios en el trabajo.

Entonces, lo repito, tenemos que evitar interpretar de más.

Tenemos que resistir a la tentación de encontrar un solo y único culpable cuya designación, como por encantamiento, lo resolvería todo. Y aunque hayan sido pronunciadas palabras innobles, y aunque la fórmula del patrón de France Telecom que reduce esta ola de suicidios a una "moda" (a pesar de haberse excusado), sea, evidentemente, incalificable, tenemos que evitar hacer de quien sea un chivo expiatorio.

Porque tenemos ahí un problema que es obvio y que, con la crisis de las subprime y otros hedge founds, nos obliga a preguntarnos por nuestro modelo económico y social.

Después de todo, la sociología moderna nació, con Durkheim, a partir de una reflexión sobre el suicidio.

Un libro sobre el suicidio, el de su discípulo Maurice Halbwachs, fue el que medio siglo después, puso las bases de las representaciones de la sociedad en las que vivimos hoy día.

Y no veo por qué nos tendríamos que privarnos, en la serie de Durkheim y de Halbwachs, de una reflexión sin concesiones sobre el nuevo malestar social, sobre un malestar cada vez mayor en la civilización de la que son testimonio, se lo quiera o no, estas tragedias en serie.

Lo peor sería no decir nada y trivializar sobre ello.

Lo peor sería considerar este fenómeno como formando parte de los riesgos del oficio o, más horrible todavía, ahogarlo en las estadísticas de la "mortalidad nacional" tan absurdas como indecentes.

Desdeñar el espejo en el que nos reflejan, sería matar otra vez a los muertos de France Telecom.

Traducción de Jesús Ambel, con la gentil autorización de autor, a través de los buenos oficios de Agnès Aflalo


Fuente:

http://www.bernard-henri-levy.com/france-telecom-mode-d%e2%80%99emploi-le-point-du-15102009-2984.html

24.10.09

LAS CIENCIAS INHUMANAS



ENTREVISTA A GUSTAVO DESSAL
realizada por Fernando Martín Aduriz

Acaba de aparecer un nuevo libro de la Colección ELP que dirige Vicente Palomera. Editado por Gredos, en la buena línea estética de anteriores números, se titula Las Ciencias Inhumanas. Se trata de una compilación de artículos efectuada por Gustavo Dessal, psicoanalista en Madrid, y escritor.
Son 23 artículos de otros tantos autores, en su mayor parte psicoanalistas, aunque también filósofos y científicos. Es un libro para desmentir que la ciencia se equivoque con el cientificismo. O que el psicoanálisis como disciplina pueda dejar de tener interés, incluso para los científicos, comprometidos ellos mismos con su subjetividad en las investigaciones que emprenden, en la razón de su empresa, en la verificación de sus efectos. Científicos a quienes les importe que el significante científico pueda sobrevivir a todo fracaso.

Hemos entrevistado para dar a conocer este libro a su compilador, Gustavo Dessal.

FMA-En primer lugar, enhorabuena por este acierto. ¿De quién fue la idea de publicar este libro?

GD-Hace algunos años que vengo considerando la necesidad de este libro. Los psicoanalistas no podíamos seguir de brazos cruzados frente a la creciente colonización que el discurso científico viene llevando a cabo en el terreno de la subjetividad. Se imponía una denuncia importante del cientificismo, que es -por así decirlo- una desviación innoble de la ciencia, que por desgracia se reproduce con gran facilidad en las últimas décadas. Un buen día, de repente, se me impuso el título "Las ciencias inhumanas", y a partir de allí me puse en movimiento para concretar el libro. Reunir veintitrés trabajos en distintas lenguas no ha sido una tarea fácil, pero el resultado me ha dejado realmente satisfecho. Todos los autores supieron captar muy bien la idea, que consistía, entre otras cosas, en poder llegar a un público que no fuese necesariamente especializado en psicoanálisis, y al que poder sensibilizar sobre los efectos deshumanizantes de ciertas discursos y prácticas que se amparan en el método "científico". Escribo este término entrecomillado, para dejar bien claro que no basta con anunciar el carácter científico de una afirmación, para que ésta necesariamente lo sea.

FMA-El artículo titulado “Hablemos de la locura”, de nuestro colega José María Álvarez pone de manifiesto cómo en lo tocante a las enfermedades mentales la ciencia se ha puesto de lado del mercantilismo, de la invención de enfermedades mentales y ha abandonado la clínica clásica, la historia, el psicoanálisis...

GD-Sin duda, a medida que la industria farmacéutica ha penetrado en al campo de la enfermedad mental, la psiquiatría ha entrado en la pendiente de la desaparición como práctica clínica. El psiquiatra se ha convertido en un técnico que correlaciona un listado de síndromes creados a la medida de esa industria, con los medicamentos que esta produce.

FMA-Rosa López hace un relato extraordinario sobre un hecho histórico que pudo cambiar la historia, el encuentro de Heisenberg y Bohr. Quizá algunos puedan ver en este encuentro el momento álgido del libro: dos científicos frente a frente ¿se detendrán ante los avances científicos y las posteriores consecuencias? Dejemos que el lector lo descubra, pero no le parece Dessal que esta entrevista es muy actual...

GD-Absolutamente. Lo que no es tan seguro es que abunden los científicos dispuestos a interrogarse por su papel en el mundo, y por la función que la ciencia debe tener. Cada vez se cuestiona menos la alianza entre ciencia e industria.

FMA-El largo artículo “La reducción cientificista de lo humano”, de Peteiro, un médico experto en análisis clínicos y Fernández Blanco, psicoanalista, finaliza con una llamada a nuestro deber ético: denunciar a las falsas ciencias. ¿Este libro es un libro-denuncia?

GD-Lo es sin disimulo. Algunos colegas me han criticado el título, por considerar que podía herir la susceptibilidad de los científicos. Desde luego, el psicoanálisis no es un discurso que se opone a la ciencia. Pero este libro es el testimonio de que no estamos dispuestos a que en nombre de la ciencia se pueda justificar cualquier cosa.

FMA-Jacques-Alain Miller en “El futuro del Mycoplasma Laboratorium” define sorprendentemente al psicoanálisis como “una nueva forma de discurso, el producto artificial de la logotecnología más avanzada”. Y añade que no es seguro que sus practicantes aún se hayan dado cuenta del discurso inédito al que sirven. ¿Está de acuerdo?

GD-A los psicoanalistas nos resulta difícil tomar conciencia cabal de lo que el psicoanálisis significa. De allí que a lo largo de la historia del movimiento analítico no ha dejado de producirse permanentemente una tendencia a la psicologización de la doctrina y la praxis. Ha sucedido con Anna Freud, y ha sucedido incluso en nuestra Escuela. Es la prueba de que hay algo imposible de soportar en ese discurso, más allá de la pasión con la que los psicoanalistas intentamos sostener nuestra experiencia.

FMA-Vd. mismo dice en el Prefacio que “el querer de la ciencia, su pasión y su deseo de saber, está causado por una ignorancia que le es inherente”.

GD-Es, en síntesis, la tesis de Lacan sobre la ciencia.

FMA-Guy Briole se pregunta por el lugar del médico cuando sabe que el paciente sólo quiere obtener de él un objeto-medicamento....

GD-Su ensayo es muy fino. Desarrolla con mucha pertinencia lo que Lacan señaló a propósito de las relaciones entre el psicoanálisis y la medicina, y cómo el discurso analítico puede servir para reconducir la práctica médica hacia sus fundamentos no sólo clínicos sino también éticos.

FMA-Y por último, una referencia al trabajo breve pero muy clarificador del doctor Santiago Castellanos, y que se titula “Acerca de la impostura científica de las terapias cognitivo-conductuales”. Afirma: “Ninguna de las revisiones sistemáticas otorga evidencia científica a las terapias cognitivo-conductuales ni a sus ensayos publicados”. En la batalla que sostenemos con quienes desprecian al psicoanálisis, este dato es muy revelador, y puede dar muchas pistas a los psicoanalistas y los debates que mantienen...

GD-El doctor Castellanos ha realizado una excelente investigación sobre este tema que valdría la pena proseguir. Sería fundamental que algunos psicoanalistas estuviesen dispuestos a profundizar en la teoría de las TCC. Su carácter "científico" es otra de las grandes estafas que gozan de la aquiescencia del los poderes universitarios y sanitarios.


Muchas gracias Gustavo y mucho éxito de ventas. Y de lecturas.

19 de octubre de 2009.

7.10.09

Plataforma Psicoanálisis Siglo XXI

“A favor de la subjetividad”*
José R. Ubieto



Buenos días, me corresponde decirles unas palabras de presentación de esta Plataforma Psicoanálisis Siglo XXI. De hecho, vds. ya la conocen, desde hace unos meses, a través del Manifiesto “A favor de la subjetividad” que han firmado ya más de 500 personas.

¿Por qué tomar esta tema, la subjetividad, para poner en marcha esta iniciativa? El psicoanálisis está, desde sus orígenes mismos, ligado a la defensa de la subjetividad como algo irrenunciable e inseparable, al mismo tiempo, de sus manifestaciones sintomáticas, esto es, de esa otra escena que implica al sujeto en lo más intimo.

Ese nuevo real, de naturaleza inconsciente, que aparecía, hace 100 años, en el horizonte de un ideal científico que pretendía obtener una medida objetiva del psiquismo, fue ya rechazado en su época. Tomó entonces, ese rechazo, la forma de una negación de la transferencia como índice de la existencia de esa subjetividad. Se reprochó a esas pacientes histéricas sus mentiras, sus malas artes simulatorias y se trató de reducir la clínica a una psicopatología que fuera capaz de decir la verdad, rechazando el diálogo, de ese pathos que insistía en cada uno.

Freud, en cambio, eligió otra vía para tratar esas mentiras, les dio un estatuto de mentiras originales que sin embargo apuntaban a la verdad del deseo singular de cada paciente. En los relatos clínicos que nos legó podemos captar su esfuerzo por transmitir esa dimensión de singularidad de cada uno de los sujetos.

Esa elección del fundador del psicoanálisis, marca original, tuvo sus consecuencias posteriores, a pesar de todos los avatares de la doctrina y la práctica clínica. Se dejaron de lado los grandes ideales como orientación y se optó por ocuparse de los pequeños detalles, de los restos, de todo aquello de lo cotidiano (lapsus, actos fallidos, sueños) que sin embargo no deja de evocarnos que allí hay algo de un sujeto. Se constató además, en medio de la catástrofe de la primera gran guerra, que hay un límite al furor sanandi, que el psiquismo no es terapeutizable como si fuera otro órgano más, en definitiva, que el sujeto a veces no quiere su propio bien.

Hoy, en los albores de este nuevo Siglo XXI, asistimos a un nuevo embate de la pasión por la elisión del sujeto, a un esfuerzo con aires de renovación que trata de defenderse de ese real íntimo que insiste en las quejas y sufrimientos de muchos sujetos. Para ello se adorna de tecnologías sofisticadas, consejos psicoeducativos prêt-à-porter y una proliferación de medicamentos. Su ideal es que la cifra, que nos dará la objetividad de ese ser sufriente, lo hará de manera fácil, rápida y económica: podremos ahorrarnos toda conversación, todo diálogo, con él y entre nosotros, porque ese cálculo estadístico eliminará cualquier significación y cualquier malentendido del lenguaje. En definitiva, podremos ahorrarnos al sujeto incluido en el sufrimiento.

El psicoanálisis que nosotros promovemos es sin duda una objeción a este movimiento de fondo, que hay que decir, es de una lógica imparable. Lógica que toma apoyo en la concepción del individuo como un cuerpo-máquina en permanente funcionamiento y cuyas disfunciones motrices, anímicas, eréctiles o de cualquier otro tipo tienen siempre una “solución” terapéutica eficaz.

Apostar por la defensa de la subjetividad –que no del subjetivismo ni del individualismo como idolatrías del yo- es hoy, más que nunca, estar al lado del sujeto, de su sufrimiento, promover en él su encuentro con la causa de su deseo, con ese modo de satisfacción que lo define como singular. Para que a partir de allí él pueda elegir si quiere o no eso que desea. Como siempre fue, en la historia del psicoanálisis y en su participación en las instituciones públicas de salud, educación o atención social, nos seguiremos ocupando de los restos, de eso que cae, segregado, de las redes en las que el sujeto termina enredado. Esa es la orientación del psicoanálisis que resulta subversiva e incomprensible para aquellos que se presentan encarnando las buenas intenciones que convienen a todos.

Esta plataforma que hoy se presenta en público, es el resultado de una apuesta decidida por la conversación, como única salida a la complejidad de lo real en juego. Conversación que no excluye los avances científicos y las metodologías asistenciales innovadoras, pero que no renuncia a integrarlas, como instrumentos que son, en una finalidad más ambiciosa que incluye lo subjetivo en todas sus facetas: desde el juicio del profesional hasta los deseos y elecciones de las personas que consultan.

Somos un movimiento paralelo a la existencia de las diversas instituciones psicoanalíticas, a las que pertenecemos muchos de nosotros, y a las plataformas institucionales en el ámbito de la salud mental. No añadiremos, por tanto, una nueva institución, nos conformamos con ser un punto de encuentro, un foro de opinión plural, amplio y diverso, abierto a todos aquellos, analistas o no, profesionales de la salud, la educación y lo social, gente del mundo de la cultura y del pensamiento, con los que queremos conversar sobre las formas que toman hoy los malestares y sus abordajes posibles.

En su corta andadura, la Plataforma ha intervenido ya en dos debates importantes. Por un lado impulsó, al tiempo que lo hicieron otras instituciones, una acción de protesta y denuncia por el carácter excluyente que tomó la última Maratón de TV3, dedicada a las enfermedades mentales graves. Más recientemente hemos tomado posición, y así se lo hemos hecho saber a los responsables institucionales, a propósito de la creación de una comisión técnica que debe elaborar una guía de tratamiento para el autismo y otras psicosis en la infancia. Cuestión ésta a la que luego se referirá, con más detalle, Josep Ma. Panés, presidente de la ACAP (Associació Catalana d’Atenció Precoç).

Hemos puesto en marcha, también, un blog, todavía en construcción, que ya contiene textos y materiales para el debate que esperamos seguir promoviendo. A todo ello se suma el acto de hoy, donde escucharemos intervenciones que son el testimonio personal de este deseo por el psicoanálisis y de este compromiso ético por los avatares de nuestra época, compromiso que el propio Freud, y muchos analistas posteriormente, no dejaron de recordarnos.

Lo que resulte de esta iniciativa no lo podemos saber, es una experiencia en curso y dependerá de cada uno de nosotros. Sabemos que no estamos solos, que otros colegas, en nuestro país, y en países vecinos, están también comprometidos en este trabajo. Conocemos los resultados de iniciativas, como los Forum Psy en Francia (http://www.forumpsy.org/), cuya incidencia real sobre los núcleos de decisión política han sido notables a la hora de garantizar esa pluralidad, necesaria para que el psicoanálisis pueda continuar su labor como práctica clínica y como lugar de formación de las futuras generaciones.

Queremos, pues, contribuir a crear opinión, a suscitar debates como el que hoy planteamos. Para ello nos hacen falta voces, las de todos vosotros. Y es por eso que, desde aquí, os invitamos a participar en los actos que convocamos y a través de nuestro blog (https://sites.google.com/site/psicoanalisissigloxxi ), abierto a vuestras opiniones y colaboraciones.



* Intervención del autor en el acto de presentación de la Plataforma Psicoanálisis Siglo XXI el pasado 3 de octubre, en la Casa del Mar (Barcelona)

24.9.09

Taller de Psicoanalisis y Medicina

“LOS EMBROLLOS DEL CUERPO”.



Durante este segundo año del Taller de Psicoanálisis y Medicina tomaremos como referencia el concepto de “embrollos del cuerpo” que fue el título de la Conversación Clínica de la sección de Burdeos, animada por J.A. Miller en el año 2003.



La modalidad de trabajo se realizará considerando las diferentes prácticas clínicas de los miembros que se inscriben en el taller (médicos, psicoanalistas y otros) tratando de ilustrar el trabajo con la presentación de casos clínicos de los participantes.



En la práctica clínica, los pacientes se presentan en muchas ocasiones con el cuerpo “embrollado”, lo que supone una importante dificultad y objeción al saber de la medicina, así como a la práctica del psicoanálisis, de tal forma que para que un paciente pueda analizarse es necesario realizar un trabajo previo en el que la función del médico es fundamental. En este sentido, retomaremos el trabajo desarrollado el año pasado acerca de la relación médico-paciente.



Jacques Lacan señala en el texto del “Psicoanálisis y Medicina” que hay una falla epistemosomática en el saber de la medicina sobre el cuerpo porque no toma en cuenta las consecuencias del encuentro inaugural con el lenguaje y las del inconsciente. El cuerpo, que no puede dejar de “embrollarse” y hacerse sintomático, habla a su manera y nos plantea dificultades en la cura que investigaremos a lo largo del año. Retomaremos los diferentes momentos de la enseñanza de Lacan del cuerpo como imaginario, el cuerpo simbólico y la topología de los nudos. Investigaremos las diferentes modalidades clínicas con las que el médico se encuentra y la clínica diferencial del fenómeno psicosomático, el síntoma y el cuerpo en la psicosis.



Terminaremos el trabajo del curso con una jornada donde presentaremos los trabajos realizados a lo largo del año.



* Responsables: Rosa López, Santiago Castellanos, Joaquín Caretti.
* Calendario: 13 Octubre, 10 Noviembre, 15 diciembre, 9 febrero, 9 Marzo, 13 Abril, 11 Mayo..
* Horario: 19.45h, en la Biblioteca de la sede de Madrid.
* Jornada: en el mes de Junio.
* Inscripción: se requiere inscripción para participar.

En la sede del Nucep Gran Vía nº 60 2º izq 28013 Madrid.

Télefono 91 559 14 87 E-mail nucep@nucep.com

INFORMACIÓN: Lunes a viernes de 9 a 14 horas y de 16 a 19 hs. en la sede del Nucep

y en la web www.nucep.com

7.9.09

¿Qué hacer con el malestar del paciente?: El poder de la palabra.

La gestión de la incertidumbre
Ponencia presentada por Leonora Troianovski en el Congrés d’Atenciò Primària i Salut Mental.
Barcelona 21 y 22 maig 2009

¿Qué hacer con el malestar del paciente?: Entre la palabra y los fármacos
El poder de la palabra

Para el psicoanálisis el poder de la palabra consiste en que de lo dicho se saquen consecuencias. Esto es posible, en la medida en que se trata de palabras dichas bajo transferencia.
Si bien la relación transferencial, como sabemos, no es exclusiva de la relación analítica, es un fenómeno que encontramos también en el vínculo del paciente hacia el médico, el alumno hacia el profesor, etc. el psicoanálisis utiliza el potencial de la palabra bajo transferencia para orientar la cura.
En el presente trabajo, intentaré transmitir, a partir de mi experiencia clínica, algunas de las condiciones que permiten poner en juego esta dimensión de la palabra.
Para concluir, comentaremos una viñeta extraída del trabajo que realizamos con los médicos y el personal de enfermería, en el Programa de Soporte a la Atención Primaria.
Veremos cómo a partir de su lugar en la transferencia, el médico puede orientar su acción, permitiendo la formalización de la demanda y habilitar la derivación a salud mental.



1. La relación con la palabra

“Desde que el hombre habla está sometido a la cuestión de la verdad y sus identificaciones más íntimas responden a las paradojas de su vínculo con lo que dice y con lo que se le ha dicho. La materialidad del inconsciente está hecha de cosas dichas al sujeto que le han hecho daño y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir.”
Así, más allá del empuje actual a contarlo todo, la clínica testimonia de la existencia de la represión primordial que sella en el corazón de uno mismo un “yo no sé” irreductible, enraizado en un imposible de decir. Se trata de la escisión del yo en el proceso de defensa, que describe Freud en su texto.
Esta matriz, esta división, marca la relación del sujeto con la palabra. La palabra del otro, que presta su materialidad al inconsciente, y la palabra propia, afectada por este imposible de decir.
La clínica da cuenta de ello de diversas maneras, cuando el paciente dice más de lo que cree estar diciendo; o cuando testimonia de su esfuerzo para encontrar palabras que nombren su malestar.
Esta es la verdadera intimidad, que apenas mostramos porque es éxtima a nosotros mismos y de la que nos llegan señales, por ejemplo a través de la angustia, bajo la forma de crisis de ansiedad…
Por este imposible de decir estructural, el encuentro con el otro ubicado desde el lugar de la escucha analítica, deviene fundamental en el abordaje del malestar. Así, la transferencia permite poner en palabras, al dirigirlas al otro, lo que se piensa y siente. El hecho de invitar al paciente a hablar de su sufrimiento, permite que “lo que tiene en la cabeza” tome forma, adopte la estructura de lenguaje.
Así, el malestar puede formalizarse bajo la forma del discurso, en el que el sujeto toma lugar, toma posición respecto de sus palabras.
Luego de varias visitas fallidas (anula, llega tarde, no le avisan…) recibo a una mujer que dice “quiero estar bien; ser feliz”. Formula una larga queja de su situación familiar, nefasta e insoportable que ubica como responsable de su estado depresivo.
Pasa períodos de mucha actividad hasta que le da por dormir todo el día, sin ocuparse de su casa ni de su cuidado personal. Sale de este estado a partir del reclamo de la familia, ante el descuido de las tareas domésticas. Esta situación se mantiene desde hace años.
Le pregunto si pidió ayuda anteriormente y me explica que una vez le recetaron ansiolíticos, pero ella no los tomó: “si yo ya duermo sin parar…”. No quería “pastillas” y acudió a un psicólogo. Él le dijo que tenía que separarse de eso familiar y que la podría ayudar, pero ella dejó de ir.
En este punto me aclara, que no quiere “saber nada”, no quiere “complicaciones”. Dicho esto pasa a comentarme que últimamente tiene problemas para dormir, y que ahora esas pastillas podrían venirle bien…
Al concluir le digo que puede volver, si en algún momento quiere saber algo de eso de lo que no podía separarse y la derivo al psiquiatra para que valore la medicación.
Es frecuente escuchar a los médicos de familia hablar de casos en los que una situación se repite durante años: “te cuentan todo cada vez, siempre lo mismo, les dices a dónde ir, qué pueden hacer pero nunca hacen nada!
Este fenómeno de la clínica ya fue descrito por Freud cuando descubrió que ciertos pacientes eran reticentes a desprenderse de sus síntomas, eran reacios a la cura. Con ello nos enseñaba que el síntoma, a pesar de ser vivido como un sufrimiento encierra una satisfacción inconsciente, de la que el sujeto no se desprende fácilmente. Así vemos que no está claro que el “hablar” sea terapéutico por sí mismo…
Como dice J. Lacan, en “Psicoanálisis y medicina” hay una falla estructural entre demanda y deseo. Esto nos advierte de que cuando alguien pide algo, eso que pide no es idéntico, incluso puede ser totalmente opuesto, a lo que desea.

2. El malestar: formas de expresión y condiciones de abordaje

El malestar puede expresarse de diversas formas. Como veíamos la manifestación de un síntoma, puede convocar diferentes respuestas y vías de abordaje.
El abordaje por la palabra, supone ciertas condiciones, algunas, del lado del interlocutor, otras del lado del paciente.
Del lado del interlocutor, diremos brevemente, que el analista ha de estar en disposición de escuchar, de habilitar y sostener un espacio para que el paciente pueda elaborar una respuesta a su malestar.
Del lado del paciente, desde el psicoanálisis encontramos que para que haya síntoma es necesario creer en él. Esto implica que el paciente suponga al síntoma un sentido a descifrar, que se sienta concernido íntimamente.
Porque también es posible ser agente de un síntoma social sin que verifiquemos un síntoma subjetivo… casos en los que es el otro, la familia, los vecinos, el que señala que algo no funciona sin que el sujeto lo tome como algo que en él no va bien, o que quiera cambiar.
En otras ocasiones puede ser el propio sujeto quien manifiesta un malestar, pero como veíamos, sin que se den las coordenadas para que la satisfacción pulsional del síntoma pueda condescender a la transferencia.
El abordaje por la palabra requiere entonces ciertas condiciones que lo hacen posible, y que, al mismo tiempo señalan los límites de su alcance.
El sr. M llega a la consulta por un cuadro ansioso, falta de aire, taquicardias, sensación de mareos, que no remiten con medicación (Orfidal, Alprazolan). Los síntomas aparecen hace dos meses, “siente que no sabe por dónde tirar en su vida…”.
¿Qué pasó en su vida en aquel momento? Luego de cierta vacilación M puede situar que se encontró así después de recibir noticias de su ex mujer… De este primer encuentro plantea su demanda bajo un: “quiero que no me afecte”.
Lo invito a hablar de las coyunturas de la ruptura: “fue cuando me enteré de que me mentía; me estaba engañando”…
Tienen un hijo de 7 años, del que ella queda embarazada a los tres meses de conocerse. “Me dijo que estaba operada y que no podía tener hijos… he sido un ingenuo”, dice. Luego continúa: “Me mentía en todo, no era una buena chica; yo lo escondía a los demás, mis amigos, mis padres, yo la encubría… Si no hubiera sido tan escandaloso esta última vez, yo aun estaría con ella…”.
A la tercera visita el cuadro de mareos prácticamente ha remitido, dice que por fin se está sacando de la cabeza a su ex… pero aparece un nuevo síntoma que lo angustia mucho: la falta de erección.
Pregunto en qué contexto apareció esto: estando con una chica… “una amiga en común de mi ex mujer…”. ¿Qué valor le da él a esto?: “ahora ninguno…” ¿Antes?, “antes no lo hubiera hecho!”. Le comento que tal vez hay cosas de esa relación que aun están en juego para él…
Dice, asombrado, que cuando estaba con la chica él no pensaba en todo esto, no era conciente… ¿puede que sea inconsciente? , me pregunta.
Lo fundamental aquí no es que nombre al “inconsciente” sino que hay un consentimiento a suponer la causalidad psíquica, a suponer que más allá del síntoma como disfunción hay algo en ello que le concierne.
En este caso vemos que aun expuestas las razones a lo más público –todos se enteran de la infidelidad-, queda una dimensión desconocida para el propio sujeto, a la que se puede acceder por la vía del síntoma, bajo transferencia.

3. El médico de familia. Transferencia y formalización de la demanda

Si bien hay ciertas maniobras que se sostienen desde la posición del analista, que atañen a su disciplina y a su ámbito de trabajo, el psicoanálisis puede aportar algunos elementos interesantes cuando se trata de otras prácticas, que también, aunque de manera distinta, toman contacto con el malestar subjetivo.
El manejo de la transferencia y la dimensión de demanda, son dos conceptos que pueden orientar al médico cuando se trata, por ejemplo, de realizar una derivación. Incluso en aquellos casos en que el malestar no se presenta de entrada como sintomático para el propio sujeto…
La dra. L recibe un paciente, que acude para el control de una fractura. En la consulta expresa su angustia y preocupación por la hija, de 19 años. Le inquieta el desorden de su habitación, las salidas sin hora de regreso, las compañías...
La dra. pregunta en qué puede ayudar, el paciente dice que no sabe a quién acudir… Entonces L -la doctora- se ofrece a hablar con la hija y se despiden.
Luego de la visita, se pregunta si llamarla, pero decide no hacerlo. Para su sorpresa, al cabo de un mes, la joven se presenta en la consulta: “vengo porque ud. Quería verme”.
En este encuentro, la médico deja en suspenso lo que “sabe” del caso: lo dicho por el padre y los consejos sobre prevención de enfermedades de transmisión sexual, consumo de tóxicos, etc. y la invita a hablar de sus preocupaciones. Esto permite la puesta en palabras de una serie de malestares y dar cuenta de la vivencia de un desorden en su vida…
Del relato de la joven, hay dos elementos que toman un relieve particular: la repetición de algo de la historia de la pareja paterna y un punto de giro, en el momento en que ésta dice: “ahí cambió todo para mi”. Recoger este punto de giro, constituye la ocasión de la formalización de la demanda, y habilita la posibilidad de hacer la derivación a salud mental.

Para concluir
La clínica nos muestra que la palabra dicha tiene efectos. Se trata de un poder que toma su fuerza del lugar que el profesional ocupa en la transferencia y del uso discrecional que haga de él. El acto de palabra bajo estas coordenadas puede abrir una nueva dimensión del tiempo. Se trata del tiempo subjetivo que en ocasiones la palabra del médico también puede habilitar. Un tiempo para el duelo, un tiempo para la pregunta, un tiempo para la elaboración… A veces, la posibilidad de formalizar una demanda alrededor de un síntoma subjetivo. Entonces sí, será un síntoma que permita, como el hilo de Ariadna, encontrar una salida al laberinto.


1.-Artículo en AMP blog, Usos de las neurociencias para el psicoanálisis, E. Laurent




Leonora Troianovski