27.5.11

"Ensamblajes"

Publico en el blog el texto escrito para el encuentro PIPOL V, en Bruselas.

Por Santiago Castellanos.

Por Santiago Castellanos
Auguste Rodin fue un escultor que renovó el concepto de modelado; jugó con los efectos de la luz en las superficies de sus esculturas, y contribuyó a un nuevo modo de expresar la vida y el movimiento, recurriendo a una libertad expresiva que le supuso la crítica de los escultores más tradicionales apegados a la idealización clásica y las poses retóricas. Al final de su obra, cuando ya era un artista reconocido, utilizó la técnica del “ensamblaje” en la que la obra de arte creada era el resultado de un juego de construcción que se burlaba de las leyes de la verosimilitud.

A juzgar por los testimonios de sus contemporáneos, el estudio de Rodin tenía una parte donde almacenaba las escayolas y los bocetos y partes de la figuras que había reproducido anteriormente (brazos, piernas…). Esas partes de los cuerpos de las esculturas, despedazadas, las guardaba en cajas. Conservaba escayolas y moldes para ello, de manera que una misma figura podía ser realizada en tamaño diferente y con una distinta postura de brazos o piernas. El escultor solía guardar no solo modelos completos, sino también fragmentos, dándoles vida de diferentes maneras, en diferentes contextos plásticos.

Aplicaba de esta manera lo que se llama la técnica del ensamblaje, en la que nuevos moldes eran construidos en nuevas figuras de otro orden. En estas nuevas obras el vacío que separa las figuras era tan importante como la propia materia y además podía hacerlo con la combinación de materiales y objetos distintos.

De esos restos, combinados alrededor del vacío en el ensamblaje, una nueva obra era posible.

Se trataba de la creación o de la invención de algo nuevo a partir de los restos y del vacío.

Así podríamos considerar la experiencia de un análisis que vaya más allá de los efectos terapéuticos que se producen de forma añadida. Un análisis llevado hasta el final estaría de lado de la invención y de la obra de arte, lo que nos separa radicalmente de los postulados de la ciencia que se imponen como discurso totalizador. Si para el psicoanálisis el síntoma es el punto de partida para realizar un trabajo de invención, para el discurso de la ciencia se trata de un trastorno a erradicar o normativizar. En el mundo en que vivimos el “tesoro” del síntoma se encuentra tan devaluado que cada vez pierde más valor, aunque no deje de escribirse por el funcionamiento y la satisfacción que incluye.

De los resultados de la experiencia analítica no habrá una solución universal, sino una solución singular para cada uno. Para ello hay que operar con las “piezas sueltas”, restos significantes y trozos de real del cuerpo para que algo nuevo pueda advenir en el régimen de la satisfacción y del goce.

Recuerdo la sesión más corta del análisis, que quedó grabada a sangre y fuego en mi memoria. Comencé diciendo que “el análisis está hecho de piezas sueltas” y el analista me contestó: “exactamente”, y dio por finalizada la sesión. Me levanté del diván y le comenté que no me daba tiempo a decirle lo que tenía que decirle y me respondió: “queda suelta”. Esta interpretación del analista no es cualquier cosa, para un sujeto obsesivo que siempre trata de cerrar por la vía del sentido todas las significaciones en un circuito que puede ser infinito, tratando de capturar lo real.

El resto de las sesiones de ese día trascurrieron por fragmentos y restos significantes. Efectos de sentido y sin sentido, que se inspiran en la modalidad del goce singular, y que se enuncian alrededor del agujero de lo real. El vacío ya es parte de la estructura de la experiencia del análisis por más que la experiencia misma invita a producir continuamente más y más sentido. Así es la neurosis. En la experiencia del análisis, el sentido invita a tratar de circunscribir lo ininteligible hasta que se llega a un límite, el límite de lo incurable, del que se trataría de dar testimonio en el procedimiento del pase. Lo incurable, reducido a su mínima expresión, puede ser el agujero negro alrededor del cual un nuevo régimen de satisfacción podría ser posible. Nuevos circuitos que ya no son escritos de forma absoluta por el guión del fantasma.

Entonces en la experiencia analítica se trata de otra cosa y podríamos decir que de lo que se trata, de la orientación a lo real, caminamos a contracorriente de los tiempos que habitamos. El utilitarismo, la eficiencia, lo que puede ser evaluado, la prisa, el coaching son algunos de los significantes amos de la época. Y en este contexto el discurso analítico trabaja a contracorriente.

En la convocatoria del encuentro Pipol V se habla de la antinomia del postulado de salud mental y del psicoanálisis, del bienestar “higienista” del discurso de la ciencia, de la evaluación generalizada y de los intentos de reducir la complejidad de lo humano a una cifra que pueda ser medida. Esta es la tensión y la presión en la que el discurso analítico tiene que proponerse como una posibilidad, tanto en el ámbito de la consulta privada como del trabajo en la institución pública.

Pero esa posibilidad incluye una imposibilidad, porque el deseo del analista no se produce en la experiencia del análisis para orientarse en la lógica de la terapéutica y del discurso del amo, sino por lo contrario. La práctica lacaniana juega su partida en la dimensión del fracaso porque el goce no es nunca el adecuado, siempre hay un más o un menos y un funcionamiento que trata de suturar ese agujero, aquello que Lacan denominó como que “no hay relación sexual”. Por esta razón el síntoma no cesa de escribirse. Esto es lo que hace objeción a la omnipotencia de la ciencia y es el punto de apoyo de nuestra praxis, aunque esta deba ser renovada.

Un paciente de 35 años, casado y con varios hijos habla en sus sesiones de cómo para él es un “síntoma de salud mental” el que cada cierto tiempo tiene que recurrir a amantes para encontrarse bien. Dice que esto no le causa mucha culpa porque no tiene nada que ver con su relación de pareja y que más bien cuando le ocurre esto se encuentra mejor con su mujer. Lo interesante de esta neurosis obsesiva, que termina por recubrir el goce propio con su fantasma particular, es que proponga que esta cuestión para él es una cuestión de salud mental. Este sujeto que se desenvuelve en la vida con cierto éxito y que sostiene todo tipo de defensas para evitar la división y la angustia, sin embargo no puede sustraerse del hecho de la inexistencia de la relación sexual. Su síntoma, que incluye un funcionamiento y una satisfacción, es su respuesta para recubrir un agujero, y cuando refiere que para él es una cuestión de “salud mental” nos esta diciendo que quiere sostenerse en ese reducido goce que lo transporta de su mujer a su amante sin apenas poder circular por otros circuitos. Curiosamente la defensa de su goce le lleva a hablar de “su salud mental”, aunque se trate de otra cosa.

Tal y como refiere J.A. Miller, en la clase de su seminario de Cosas de finura del 19.11.2008: “Contrariamente a lo que el optimismo gubernamental profesa, no hay salud mental. Lo que se opone a la salud mental y a la terapéutica que se supone que conduce a ella, es digamos la erótica. Esa erótica hace objeción a la salud mental. La erótica, es decir, el aparato del deseo que es singular para cada uno. El deseo está en el polo opuesto de cualquier norma, es como tal extra normativo.

Si el psicoanálisis es la experiencia que permitiría al sujeto explicitar su deseo, en su singularidad, esta experiencia no puede desarrollarse más que rechazando todo objetivo de terapia. La terapia, la terapia de lo psíquico, es la tentativa, profundamente vana, de estandarizar el deseo para que haga marchar al sujeto al paso de los ideales comunes, de un como todo el mundo”.

Podríamos considerar la topología de la banda de moebius para pensar la relación del psicoanálisis puro y el psicoanálisis aplicado a la terapéutica. Se pasa de un lado a otro sin cruzar ningún borde, lo que supone que de lo que se trata siempre es de cómo puede operar el deseo del analista independientemente del escenario en que se desarrolle. Por esta razón podríamos decir que hay una sola práctica del psicoanálisis cuyo resorte fundamental se ubica del lado del deseo del analista, que al mismo tiempo es producido por la experiencia analítica.

La presencia de los psicoanalistas en las instituciones es importante y su práctica puede estar orientada por una ética y un deseo que la avalan. La práctica privada del psicoanálisis no ofrece en si misma ninguna garantía porque puede convertirse en una suerte de psicoterapia lacaniana de larga duración. Lo mismo puede suceder a la inversa.

Es decir, es el deseo del analista el que interviene como operador fundamental y la garantía habrá que considerarla a partir de la experiencia del propio análisis, de la formación analítica, del control y del lazo con la comunidad analítica, que permite contrastar una experiencia con la de los otros, teniendo en cuenta que no hay una respuesta acerca de la pregunta de ¿qué es un analista?.

“El deseo del analista es esencialmente la suspensión de cualquier demanda del parte del analista, la suspensión de cualquier demanda de ser: no se les pide ser inteligentes, ni se le pide incluso ser verídicos, no se les pide ser buenos, no se les pide ser decentes, no se les pide más que hablar de aquello que se les pasa por la cabeza, se les pide entregar lo más superficial de lo que viene a su conciencia. Y el deseo del analista, es obtener lo más singular de lo que constituye su ser, es que ustedes sean capaces de ceñir, aislar, lo que los diferencia como tal y de asumir, de decir: yo soy eso, que no está bien, que no es como los demás, que yo no apruebo, pero es eso. Y eso solo se obtiene, en efecto, por una ascesis, por una reducción”. (J.A. Miller. Cosas de finura. 19.11.2008).

En lo público o en lo privado la práctica del psicoanálisis se desenvuelve en una coyuntura especialmente adversa.

De ahí la importancia de todo el trabajo de extensión y de presencia en la ciudad, de participación activa en los problemas de la civilización, del compromiso con los asuntos de la época que nos toca vivir. Las iniciativas que se preparan a través de los Forum son parte de esa estrategia que nos permite establecer un encuentro con sectores y aliados del psicoanálisis para que el discurso analítico pueda estar presente.

Desgraciadamente la presencia de los analistas en las instituciones es marginal y se trata de no acomodarnos en una extraterritorialidad que Lacan no dudó en criticar, no era al menos su posición. En cualquier caso hay que partir de la enorme dificultad en que este trabajo se desarrolla porque hay que reinventar continuamente esa práctica en la medida en que está sometida, cada vez más, a las exigencias del discurso del amo bajo el imperativo de la evaluación y de la cifra.

Estas exigencias son al mismo tiempo fuente de malestar en los profesionales que trabajan en las redes públicas de salud mental, cada vez más orientadas al tratamiento de las psicosis y sus diferentes modalidades. El rumbo que está tomando la psiquiatría no está exento de contradicciones porque se ampara en el “mágico” uso de las sustancias y el psicofármaco, excluyendo cada vez más la subjetividad en la práctica clínica, pero al mismo tiempo la subjetividad del médico también queda forcluida. La relación médico-paciente queda reducida de tal forma que también retorna en los profesionales de forma sintomática y a veces de angustia. El lugar del psicoanalista es difícil pero su discurso encuentra en algunas ocasiones algunos ecos que hay que rescatar.

En este contexto nos podríamos preguntar ¿de qué forma se puede articular el progreso del discurso analítico en una perspectiva en la que el orden simbólico desfallece y en la que la práctica lacaniana precisa ser renovada?

En la medida de que los psicoanalistas podamos avanzar en la perspectiva del psicoanálisis puro, de la formación del analista, podremos abrir la posibilidad de permanencia de nuestra práctica. Si no es así podríamos se arrasados por las corrientes totalitarias que tratan de imponer su hegemonía. La pinza de las neurociencias y de las TCC se estrecha cada vez más.

Es en este sentido, que las enseñanzas de los fines de análisis, o la transmisión de los analistas analizados, pueden proponernos el aire fresco que el psicoanálisis necesita para que no quede atrapado como una lengua muerta, sin posibilidades de reinvención. La supervivencia del psicoanálisis estará condicionada al hecho de que pueda demostrar por el procedimiento que le es propio: el de los finales de análisis de uno en uno y el de las consecuencias que ello produce en los analistas analizados, que esa posibilidad de reinvención existe.

Tal y como señala J.A. Miller en su discurso en Comandatuba: “Luego, existe la práctica Lacaniana o más bien, existirá, pues se trata de inventarla. Por supuesto, no se trata de inventar ex–nihilo. Se trata de inventarla en la vía que abrió en particular el último Lacan. Y esta práctica Lacaniana se deja presentir sin duda en lo que nos anima a nosotros mismos.”

De esta forma las nuevas generaciones de analistas podrán encontrar las coordenadas para que un nuevo deseo pueda advenir. Por otro lado, se debe de estar suficientemente analizado para no implicar el inconsciente del analista e interferir, de esta forma, en la dirección de la cura.

El debate abierto para el próximo Congreso Mundial sobre las consecuencias para la práctica lacaniana en un mundo cambiante tiene una importancia fundamental.

El 20 de septiembre de 1971, en la revista norteamericana TIME Magazine, Burrhus Frederic Skinner, psicólogo y fundador de una importante corriente a nivel mundial: el conductismo, la fuente de las llamadas Terapias comportamentales y cognitivo-conductuales (TCC), afirmaba en una entrevista, en la que presentaba su libro titulado: Mas allá de la libertad y la dignidad, que: “La libertad es un lujo, un riesgo, que la sociedad no puede permitirse… Si usted insiste en que los derechos individuales son el summum bonum, entonces toda la estructura de la sociedad cae hacia abajo…”

El periodista hace el siguiente comentario: “su mensaje es sorprendente para los no iniciados: no podemos permitir más la libertad, por lo que debe ser reemplazada por el control del hombre, su conducta y su cultura”.

Hoy esa afirmación tiene el respaldo científico necesario para llevarse a cabo como programa. Las neurociencias y las TCC forman una pinza que trata de ahogar la libertad creativa de la experiencia analítica, libertad creativa que se sostiene en el goce singular de cada uno y en las posibilidades de saber arreglárselas con eso (savoir y faire).

El psicoanálisis, nuestra práctica y nuestro discurso, insiste en que en medio de la feroz tendencia de nuestro presente a homogeneizarlo todo es necesario conservar ese estrecho margen de libertad que preserva lo incomparable de cada uno.

Hay en marcha un nuevo programa social para el siglo XXI en que se trata del control de la conducta humana. Esa es la significación que el concepto de salud mental ha tomado en nuestro tiempo. La lógica de todo está en los genes, la ilusión cientifista de que el ser humano puede ser reparado como si se tratara de una máquina, encuentra su complemento perfecto en los programas de normativización de las conductas que son encabezados por las TCC. Si la felicidad se propone como una posibilidad y la anulación del síntoma como una realidad la impostura está servida.

Podríamos considerar que de la misma manera que los mercados financieros tienen vida propia y escapan al control de los Estados y los gobiernos, el desarrollo de las neurociencias y sus aplicaciones en el campo de la subjetividad también tienen su autonomía, cada vez más cercana a los intereses de los mercados y más lejos del lado más amable que la ciencia tuvo hace décadas, como un medio del conocimiento y desarrollo para la humanidad.

El discurso analítico no puede vacilar ante este problema de civilización. Se trata de dar una respuesta de la buena manera, con las herramientas de que dispone, para proponer algo nuevo a partir de los restos y el vacío.

1 comentario:

Vicent dijo...

Ya dice el psicoanálisis que todo lo que sale por la puerta entra por la ventana y así no se podrá eliminar la libertad si no se quiere un colapso final, ante el cual hemos de luchar, como el viejo escritor o historiador de la película "El cielo sobre Berlín" que se empeña, como cada viejo, aún sabiendo la marchitabilidad y la falta de lo que existe en encontrar su Plaza como era antes de la guerra, era un símbolo de la paz y la libertad de la que habla en la película.
Por otro lado esta noche hemos tenido la "casualidad" que nunca lo es, sino lo real lacaniano o lo divino, de hablar mi mujer y yo de aquello infinito femenino, el goce o la pregunta paradójica y que crea la historia, a la mujer y al hombre en su vertiente femenina ¿qué es una mujer? o ¿qué siente una mujer? y abro su blog y veo hablar de lo mismo, la aceptación de la falta, la aceptación de la imposibilidad del acto sexual y la no obstinación en el goce eterno y contumaz, quizá llega mucho más lejos el goce con una misma persona si aceptamos esa falta que hay en todo. Muy interesante el texto.

Vicent.