5.11.08

El médico trata la hiperactividad, el logopeda se ocupa del fracaso escolar: ¿quién escucha al niño?



Por Beatriz Garcia Martinez.

Psicologa y psicoanalista en Madrid.


En los últimos años nos parece asistir a una epidemia de niños diagnosticados de hiperactividad. Muchos de estos casos son rápidamente medicados, sin demasiados trámites, a demanda de padres desbordados. Los padres son tranquilizados acerca del hecho de recibir el diagnóstico de hiperactividad y la consiguiente medicación con el argumento de que se trata de un trastorno muy común que antes no se diagnosticaba y por tanto no recibía el tratamiento adecuado, produciendo mucho sufrimiento que, por suerte, ahora puede ser evitado. De este modo se cierra rápidamente la cuestión de por qué tantos niños son hiperactivos en estos tiempos.

Por otra parte, encontramos también que hoy son una auténtica legión los niños enviados al logopeda para resolver problemas de índole escolar en la educación primaria o incluso en la infantil. Cualquier dificultad para seguir el ritmo de la clase puede conducir fácilmente a un diagnóstico de dislexia o simplemente a la suposición de algún déficit cognitivo con un vago origen neurológico, tal vez genético. Para el caso se prescribe un tratamiento reeducativo que redobla la acción de la escuela, de un modo, eso sí, más particularizado.

Ambas situaciones ponen de manifiesto una tendencia muy propia de nuestra época a cerrar las cuestiones antes de haber podido desplegarlas. Por sorprendente que parezca, los padres, lejos de angustiarse, a menudo se tranquilizan al escuchar que el problema de su hijo se llama síndrome de hiperactividad o dislexia. El diagnóstico en sí mismo es escuchado como una respuesta, ya no hay un malestar íntimo perturbador en su hijo, sino una enfermedad social que se trata con medicamentos o reeducación. En muchos casos incluso viene a confirmar algo que esperaban: yo tenía el mismo problema de pequeño, era muy inquieto, no podía concentrarme, era despistada, tardé mucho en aprender a leer, yo también me hacía pis…

Lo curioso es que la hipótesis que inmediatamente se acepta como cierta es que se trata de una trasmisión genética. No está en el ambiente la idea de que determinadas dificultades de los padres pueden aparecer en los hijos, no por vía genética, sino por identificaciones, profecías que se autocumplen o simplemente porque los hijos hacen síntomas con aquello que es una dificultad para los padres . Ni mucho menos flota en el aire la idea de que los síntomas de un niño, como los de cualquier persona, hablan de un malestar subjetivo que pide ser escuchado.

La idea de un déficit en el cerebro de sus hijos, que hace unos años hubiera resultado muy dolorosa para unos padres, hoy en día, a condición de ser pensada como un problema muy extendido entre la población, no es tanto fuente de angustia como de alivio: el problema está localizado y tiene una solución concreta. Es un hecho cotidianamente comprobado que muchos padres prefieren la hipótesis organicista como causa para los problemas de sus hijos antes que hacerse una pregunta por una posible causa de origen psíquico.

Aunque las razones no se agotan ahí, en buena parte esta inclinación de los padres responde a la oferta de solución que reciben desde aquellos que son interrogados en primer lugar acerca del problema de un niño: el médico y la institución escolar. Los médicos se constituyen cada vez más en dispensadores de fármacos. En general carecen del tiempo necesario para escuchar la demanda de unos padres preocupados y están cada vez más orientados a la exclusión de la subjetividad en sus consultas. Esto tiene consecuencias especialmente terribles en el caso de los niños, que no pueden expresar fácilmente su malestar y cuyo aparato psíquico en construcción necesita tanto de la palabra humanizante y orientadora.

Aún más terrible, si cabe, resulta que entre los profesionales de la educación y concretamente entre los orientadores y psicólogos de los colegios haya cundido masivamente el modelo cognitivo conductual de abordaje de los problemas infantiles, que bajo la apariencia de un tratamiento individualizado esconde lisa y llanamente la reeducación. La hipótesis que subyace es que el efecto de la educación ha sido insuficiente: repitámoslo más alto y más claro por si el niño no lo ha oído bien, tantas veces como sea necesario hasta que “entre por el aro”.Todos al logopeda. No importa si el niño presenta una puntuación totalmente normal o incluso muy alta en los tests de inteligencia. Necesita logopeda igualmente porque no se centra, no se organiza, o no entiende lo que lee, seguramente por una causa orgánica indefinida (problemas de maduración neurológica, disfunción cerebral mínima etc.), pero cierta.

Así, entre los fármacos y la reeducación se construye una pinza mortificante que estrangula la posibilidad de escuchar el malestar que hay tras el síntoma de un niño. Hoy, la práctica totalidad de los niños con algún problema escolar o de comportamiento son medicados o van al logopeda, o ambas cosas.

Cada época genera sus patologías, los modos en que se expresa el sufrimiento. Si el que recibe la demanda de alivio escucha desde un puro saber desubjetivado, la llamada corre el riesgo de repetirse indefinidamente. Cuando la llamada y la respuesta están en registros separados se instala un malentendido que se traduce en reiteraciones de actos médicos y desplazamientos del síntoma. Cuanto más se desubjetiva un síntoma, pretendiendo que se trata de un mal cuya causa es igual para todos, más se extiende la epidemia. Es lo que estamos viviendo.

Hay que tener en cuenta que, en primer lugar, el recurso inmediato a la medicación o la reeducación impide hacer un diagnóstico adecuado de la estructura clínica que está en la base. Un niño puede ser psicótico sin que eso se note a primera vista, sin alucinaciones ni delirios. Puede ser un niño que no para, muy agresivo, o un niño hipernormal que repentinamente no puede aprender porque se ha encontrado con algo que lo devuelve a su carencia simbólica fundamental. Medicar para la hiperactividad o llevar al logopeda en estos casos puede ser un error de graves consecuencias en un niño que necesita ayuda urgente a otro nivel.

Por otra parte, lo que parece olvidarse con gran facilidad en estos tiempos, es que el desarrollo psíquico de una persona no está marcado por lo biológico. Tener un cuerpo sano garantiza de el niño crezca en altura, pero su aparato psíquico se constituye a partir de las experiencias y palabras que lo rodean y ahí no hay garantías. El proceso por el que todo ser humano ha de atravesar para convertirse en un adulto “funcional” es extremadamente complejo y no es difícil encontrarse con detenciones del proceso cuando algo se complica debido a una variedad de causas.

Que un niño no pare de moverse o le cueste concentrarse hay que tomarlo, si no se demuestra lo contrario, como una dificultad de que el pensamiento (las palabras) consigan apaciguar lo pulsional que circula de manera loca por ese cuerpo. Hay que escuchar para averiguar qué ha causado la dificultad. Que un niño no pueda aprender puede estar condicionado por multitud de acontecimientos vitales que no han podido ser asimilados, desde el nacimiento de un hermano (hay dificultades en las operaciones matemáticas de suma y resta que se relacionan con la “adición” de un nuevo miembro a la familia), una muerte, una separación etc. Pero más allá de los acontecimientos concretos, para cada niño el saber escolar, para poder funcionar, ha de estar comandado por un deseo propio, una actitud activa, no sirve tragar conocimientos de forma pasiva porque el otro así lo quiere. Tiene, por tanto, que ver con los inevitables y a veces difíciles procesos de separación del otro familiar. El deseo del niño a veces se puede inhibir por muchas razones: por identificación a un padre que no triunfó en los estudios, por un exceso de demanda que genera una “anorexia escolar” , porque hay algo no dicho en la familia que ordena “no saber” o por cualquier otra razón que hay que darse el tiempo para averiguar.

Pero si convertimos cualquier problema en una cosa plana que solo necesita más insistencia de nuestra parte (tienes que portarte mejor, esfuérzate, puedes dar más), estamos negando la existencia del inconsciente y eso tiene consecuencias. A menudo con la bondad se pretende resolver el problema, por ejemplo a base de reforzar la autoestima: decir “creemos en ti”,“tu puedes” a un niño que no avanza en el colegio o no puede estarse quieto, no es más que una negación de la dificultad que el niño sabe muy bien que tiene. La autoestima mejorará cuando el niño encuentre la forma de enfrentarse a su dificultad por sus medios, no al revés.

Si el docente cree que las virtudes de la pedagogía son suficientes para hacer entrar el saber en el niño, para que éste consienta al aprendizaje, se decepcionará y tenderá a ser coercitivo con el niño. Si el psicólogo al que los padres acuden trabaja desde una perspectiva reeducadora, tratará de reforzar a un sujeto supuestamente autónomo que solamente fracasa por falta de confianza en sí mismo. Ambas posiciones van en la dirección de negar el conflicto.

La posición psicoanalítica se desmarca totalmente de la posición del maestro, y en eso se diferencia de la aproximación desde cualquier otra psicología. Para el psicoanálisis solo la escucha atenta del caso por caso permite averiguar lo que está en juego en un síntoma y ayudar al sujeto, adulto o niño, a posicionarse mejor. No desde la negación del problema, sino desde el esclarecimiento de las causas y de la implicación inconsciente del que sufre en su propio malestar.

Tratemos los problemas de forma humana, porque lo humano no se reduce a una maquinaria que funciona bien o mal. Un niño al crecer tiene que enfrentarse a todos los grandes problemas para los que no tenemos una respuesta escrita en los genes: la relación con el otro (amar, someterse o dominar, necesitarlo o ignorarlo), cómo ser hombre o mujer, el enigma absoluto de la muerte propia y la de los que queremos, para qué vivimos etc. Son temas frente a los que, sin saber bien cómo, el niño va tomando posiciones que le permitan avanzar, o bien se encuentra con una dificultad excesiva para los recursos de que dispone y entonces aparece un síntoma.

Entonces es el momento de acercarse al problema con el modo que nos es propiamente humano: la palabra. Acercarse desde la perspectiva de tratar con una maquinaria neuronal que se ha desequilibrado o de un animalito que no ha sido correctamente domesticado sólo puede desembocar en el retorno de lo peor: masas de adolescentes completamente desorientados en las próximas décadas, incapaces de decir nada de sí mismos, de dar cuenta de sus actos o siquiera de sus pensamientos, porque nunca hubo alguien que escuchara y considerara que en esos pensamientos particulares había algo que mereciera la pena ser escuchado. Por favor, impidámoslo, nos va el futuro en ello.


Beatriz García Martínez.

(beatrizgarcim@hotmail.com).

1 comentario:

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