7.1.08

MORIR (PEOR) EN MADRID

Por Miriam L. Chorne
Psicoanalista en Madrid.

¿Por qué asistimos en España en los últimos tiempos a la invención de falsos debates que buscan crear confrontaciones, crispación y conflicto? Tras esa táctica hay un modo de ejercer la política que busca galvanizar los ánimos con cuestiones sin duda fundamentales, sólo que tomadas a contrapelo.

Un ejemplo cercano y grave de la búsqueda de la confrontación, lo constituye el manejo que hizo la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid, de una denuncia anónima de que en el Hospital público Severo Ochoa se había practicado masivamente la eutanasia.

No sólo se dio publicidad a la denuncia anónima, pese a que ya había sido investigada sin que se hubieran comprobado los hechos motivo de la acusación, sino que la Consejería, ejercida en ese momento por M. Lamela, la llevó al fuero penal.

En junio de este año, 2007, el juez responsable del proceso, tras la intervención de numerosos expertos, resolvió archivar las actuaciones ya que “ni siquiera indiciariamente los hechos objeto de la denuncia” quedaron probados.

Sin embargo, el daño estaba hecho. La tormenta política se había llevado por delante al director y al gerente del Hospital, junto a cinco Jefes de servicio y por supuesto en primer lugar al coordinador de Urgencias de Leganés, Luis Montes y once médicos de su equipo. Junto con ellos se llevó también por delante el funcionamiento de un centro modelo de la sanidad pública en Madrid.

En una entrevista en este periódico (junio de 2007), L. Montes, formulaba la hipótesis de que la crisis se había utilizado como una cortina de humo. Servía para ocultar la política de desmantelamiento de la sanidad pública, en concreto la creación en cogestión privada de ocho nuevos hospitales en la región, modalidad de gestión que se anunció apenas una semana después del inicio del conflicto. Añadiendo en la misma entrevista que “Lamela ha conseguido que la gente muera peor que antes”.

Las nuevas formas de hacer política -a golpe de propaganda y sin que importe que lo que se diga sea mentira- resultan no sólo escandalosas sino que entrañan un enorme peligro. Sabemos que la experiencia de la gestión semiprivada de los hospitales en países cercanos ha resultado desastrosa, países como Inglaterra han visto como se enseñoreaba el interés económico de más corto alcance de su sanidad, en perjuicio de la salud de sus habitantes.

Con fines propagandísticos se tergiversan los términos en discusión en la confianza de que si se repiten suficientemente, penetran la opinión pública.

Ciertos lemas fuerzan erróneamente nuestra elección: enseñanza “laica o libre”, o “aborto o vida”, resultan equivalentes al engañoso debate entre “defensa de la vida o eutanasia”, enarbolado por la Consejería. Debería formularse con mayor exactitud como “cuidados paliativos versus encarnizamiento médico”.

La falsa opción transforma una postura ética en el ejercicio de la profesión, considerar que bien morir es un derecho ciudadano, en la transgresión de una ley fundamental: la prohibición de matar. Se busca de este modo dar la lucha en un terreno minado por sentimientos, más o menos inconscientes, que giran alrededor del tabú de la muerte. Seguramente no es una elección inocente. Si además la acusación sugiere que la eutanasia no fue autorizada por el paciente ni por la familia suscita una entendible reacción de alarma, y explica que la posición de los profesionales haya sido ante todo en un primer momento defensiva.

Tal vez ahora cuando ya se cuenta con la sentencia del juez se pueda contextualizar más ampliamente el problema a fin de que más allá de lo acontecido se puedan interrogar los fundamentos ideológicos de la denuncia de la Consejería.

La actitud ante la muerte

Aunque se quiere presentar el tema de la muerte como una cuestión de principios religiosos: la Consejería protegería la vida, y en consecuencia un valor de siempre y para siempre, se trata de una afirmación que no es verdadera.

Los historiadores de las mentalidades nos han enseñado que algunas dimensiones de la vida cotidiana cambian lentamente. Aparecen para nosotros como eternas, sin embargo contempladas en la larga duración son objeto de cambios profundos en la sensibilidad.

La actitud ante la muerte es una de esas dimensiones, como numerosos historiadores, antropólogos, etnólogos y sociólogos han mostrado en los últimos años. Entre ellos P. Ariès (Morir en Occidente), describió la inversión de la actitud ante la muerte del hombre occidental. Por evidentes razones de espacio sólo puedo esbozar algunos de los términos en juego.

El moribundo de la Alta Edad Media, por ejemplo, no sólo sabía por sí mismo cuando iba a morir sino que tomaba los recaudos necesarios para bien morir. La sencillez con que los ritos de la muerte eran aceptados y cumplidos, de una manera ceremonial, pero al mismo tiempo sin dramatismo, sin emociones excesivas, contrasta con la sensibilidad actual frente a la muerte.

El hombre de nuestra época experimenta cada vez mayor repugnancia para admitirla abiertamente -la suya y la del otro-

Una consecuencia necesaria de este rechazo es el aislamiento moral impuesto al moribundo, la ausencia de comunicación con las personas cercanas, y la medicalización de la actitud ante la muerte. Estos cambios culminan hoy en una verdadera dificultad para poder morir. La muerte aparece en nuestra época bajo el aspecto insólito del enfermo erizado de tubos y agujas, condenado a meses cuando no son años de una vida degradada.

De manera paradójica, P. Ariès habla de la muerte domesticada de la antigüedad en contraste con la muerte salvaje de nuestro tiempo. En una sociedad que se quiere progresista, la muerte resulta más solitaria simbólica y realmente.

P. Ariès utiliza la escena de la agonía de un gran historiador, el jesuita Dainville, para ilustrarlo. Teniendo en cuenta su situación desesperada el enfermo había convenido con el médico que no se realizaría ningún tratamiento “duro” para hacerlo sobrevivir. Sin embargo durante un fin de semana, y ante su agravamiento, un interno lo transfirió al servicio de reanimación de otro hospital, contra su voluntad. Un compañero del jesuita describe así el final: “La última vez que lo ví, a través del vidrio de una habitación estéril y sólo pudiendo hablar con él a través de un intercomunicador, yacía en una cama de ruedas, con dos tubos inhaladores en la nariz, y un tubo que le cerraba la boca”. Llevaba otros aparatos. Le dijo “Sé que no puede hablar… Me quedo aquí velando algunos instantes con usted”. Dainville entonces se soltó de un tirón los brazos atados y la máscara respiratoria y le dijo, antes de hundirse en el coma, “me despojan de mi muerte”.

Se trata de travestir el forzamiento a vivir en protección de la vida, añadiendo además, para sostenerlo mejor una justificación religiosa. Sin embargo, alguien tan poco sospechosos de atentar contra la vida como el Papa Juan Pablo II, cuando supo próxima su muerte se negó a ser nuevamente internado en la Clínica Gemelli, tal como lo cuenta J. Lozano Barragán, ministro de Sanidad de la Santa Sede, quien interpreta el acto del Papa como un rechazo del ensañamiento terapéutico.

La definición de la muerte

La idea misma de la muerte se ha modificado. De manera que lo que nos es presentado como la defensa de la tradición en el tema de la muerte aparece en verdad como un desarrollo reciente por el cual el poder político puede intervenir en decisiones vitales. La muerte se ha transformado en una cuestión técnica lograda mediante la suspensión de los cuidados, es decir de manera más o menos declarada, por una decisión del médico y el equipo hospitalario. Puede incluso poner en juego una decisión de un juez que autorice a los médicos a interrumpir los cuidados de un enfermo con independencia de que conserve la conciencia.

En un libro reciente, Homo sacer, (Pre-Textos), G. Agamben, uno de los teóricos actuales de la biopolítica denuncia el avance del control político sobre la vida de los individuos.

En el penúltimo capítulo del libro titulado “Politizar la muerte”, se refiere a un estudio de dos neurofisiólogos franceses sobre las nuevas modalidades de la muerte. La muerte en la actualidad, nos dice, está desintegrada, fragmentada, indeterminada, ya no se sabe cuando ocurre.

Estos científicos estudiaron un fenómeno denominado en medicina “coma depassé”, el ultracoma es un grado de coma que implica una pérdida mayor de las funciones vitales de las que antes eran necesarias para considerar a alguien muerto.

La definición del ultracoma que busca la paradoja (un estadio de la vida más allá del cese de todas las funciones vitales), sugiere que este estado es el precio no deseado de las nuevas tecnologías de reanimación. La supervivencia de este tipo de pacientes cesa automáticamente, casi de inmediato, si se interrumpen los tratamientos de reanimación. ¿Se trata en verdad de supervivencia? ¿Qué es esa zona de la vida que está más allá del coma? ¿En quién o en qué se ha convertido el enfermo sometido a ese tipo de tratamiento?

Agamben subraya que el interés del ultracoma va mucho más allá del problema científico de la reanimación. Lo que está en juego es la definición misma de la muerte.

Señala que la decadencia de los criterios tradicionales, sustancialmente los mismos durante siglos -el cese del latido cardíaco o la parada respiratoria- coincide -se pregunta si azarosamente- con el momento en que comienza un desarrollo veloz de las técnicas de transplante. El estado del ultracomatoso es la condición ideal para la extracción de los órganos, pero eso significa definir con certeza el momento de la muerte. Se considera así que la muerte cerebral debe ser el criterio. El concepto muerte, lejos de haberse hecho más exacto, oscila entre el polo de los criterios más tradicionales y el polo más reciente, entrando en la mayor indeterminación. La misma fluctuación se refleja en una oscilación análoga entre medicina y derecho, entre decisión médica y legal.

A Agamben le interesa destacar que el concepto de vida y el de muerte no son conceptos científicos sino conceptos políticos que sólo adquieren un significado preciso por medio de una decisión. Decisión que depende del ejercicio del poder soberano.

La sala de reanimación delimita así, para Agamben, un espacio de excepción en que aparece por primera vez una “nuda vida”, una vida a la que se puede dar muerte sin cometer homicidio, totalmente controlada por el hombre y la tecnología.

Entre los partidarios más decididos de la muerte cerebral se encuentran quienes reclaman la intervención del Estado, en un nuevo paso adelante de la biopolítica en las sociedades democráticas modernas.

El mundo contemporáneo con su promoción aparente de la secularización de la muerte reintroduce sin embargo una confusión de estos ámbitos - vida natural y existencia política - que conlleva un dominio mayor sobre la autonomía de los sujetos. “Cuando la mirada del poder soberano es un ojo que ve la muerte en la vida, que ve en todas partes la amenaza a la vida, encuentra en esa misma ubicuidad la excusa para su propio, insidioso y ubicuo control. Cuando la vida pasa a ser definida por la muerte, es permeable a la muerte y es permeable al poder” (J. Copjec, Imaginemos que la mujer no existe, ed. FCE).

Se trata para Agamben de la culminación del vínculo entre “nuda vida” -entendida como la vida corporal en tanto vulnerable- y el poder soberano en el transcurso de la historia. Así, afirma que “No la simple vida natural sino la vida expuesta a la muerte (la nuda vida) es el elemento político último.

En un artículo del periódico El País, “Cuerpos desnudos” (de marzo de este año), José L. Pardo denunciaba que para hacer la seguridad física deseable seguramente es necesario hacer previamente de la vulnerabilidad corporal algo visible. Hay que “propagar" la “fragilidad”, la “animalidad” y la “desnudez” física como los nuevos rasgos definidores de la humanidad”. Y añadía una prevención, que los miedos producidos con fines legitimadores puedan concluir en una suerte de profecía autocumplida, como ya lo ha probado la experiencia histórica.

El temor es que estos nuevos fantasmas físicos, que resultan a veces electoralmente tan rentables, terminen convirtiéndose en realidades ingobernables.

Miriam L. Chorne







1 comentario:

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